jueves, octubre 20, 2022

Un amarditao: ADICCIONES Y FOBIAS de Ricardo Herrera

 

La tradición literaria chilena tuvo una forma propia de acoger el fenómeno del malditismo literario europeo -y entiéndase por este malditismo no la suma de gestos y detalles biográficos, sino una voluntad concreta de escritura que se hace cargo de la marginalización extrema del autor con respecto a su entorno social y político. La aceptación ostentosa de este afuera abre una paradójica participación desde allí sobre la institución. La mirada del maldito europeo es análoga a la que el aristócrata destronado y decadente echa sobre la burguesía dominante, en su desprecio y su toma de posesión de una libertad insólita, desde aquí los nuevos permisos en torno a la reformulación radical del horizonte de su escritura. En Chile, como en el resto de Latinoamérica, el gesto imitativo no demoró nada en aparecer, profundizándose de a poco las consecuencias de esa marginalidad, y una coyuntura esencial se produce con el maldito por excelencia de la literatura chilena, Pablo de Rokha, quien subvierte de manera definitiva el concepto al enlazarlo a connotaciones locales del término maldito, asociadas a la vida cotidiana del lumpen en la segregada ciudad moderna del sur del mundo más que a la analogía trascendentalista de Baudelaire y Verlaine. Así, en uno de los últimos textos escritos por el licantenino, el Vocabulario redactado en 1968, leemos:


Amarditarse: proceder como que se conoce y no se conoce el sentido de las cosas, atrincherándose en su actitud prevista, a fin de golpear seguro y profundo. (De Rokha, Mis grandes poemas, Santiago: Nascimento, 1969; p. 325)


En De Rokha, el amarditao guarda su potencia de acción, y sabe trascender más allá de una restringida definición literaria, haciendo posible la ostentación del margen desde el que un artista puede devenir líder de masas: sustento teórico y anímico, así como testigo, del avance de las clases populares hacia la toma del poder. Por más que se haga evidente la continuidad del maldito en el amarditao, salta a la vista la diferencia de perspectiva de clase.

Cabe plantear lo anterior, ya que el término malditismo es echado por la generalidad de los reseñistas en Chile como moneda barata sin pensar mucho a qué se refieren con él. Y es precisamente a la múltiple resonancia histórica de este a la que debemos echar recurso cuando leemos Adicciones y fobias (Valparaíso: Bogavantes, 2021), de Ricardo Herrera (Temuco, 1969).

Lo desconcertante de la escritura de Herrera parte precisamente del predominio del gesto sobre cualquier otro principio interno de cohesión. El gesto de reconocerse en el margen conlleva, en primer lugar, casi la obligación de asumir una aparente desprolijidad que haga imposible leerlo de acuerdo a un modelo, un patrón que pueda subsumir lo que es en primer lugar experiencia íntima:


Escribir es meterse en una máquina del tiempo

Habitar un arca con peces, pulpos, hipocampos

Un arca varada en un banco de madera del mar de Aral

Ese lago que se fue secando lentamente como los soviet

Eres un niño y no sabes qué eran los soviet

Eran un poco esa idea de la felicidad humana

Que algunos grandes buscan en las drogas

O en la lectura de poemas


Escribir a tu edad no debería ser difícil

No lo veas nunca como una cosa seria

Frente a la cual debes responder

Como frente a una audiencia de aves exóticas

Orgullosas de sus obras exóticas (huevos cuadrados

(…)

Que para ti el logos nunca deje de ser como el lego

Ese juego de piezas de plástico que armas con paciencia

Y del que nacen aviones que parecen caligramas.

No te lo tomes en serio, nunca

O tómatelo en serio, tan serio

Que no se lo digas a nadie.


(p. 71, sección Metapoesía para niños)


Se puede ver acá, de algún modo, la misma reserva que sustenta la acción en la cita del Vocabulario rokhiano. Y con todo, salta a la vista una de las características generales del libro: Herrera posee una forma de ritmo natural de neta voluntad poética. La operación de reserva -diríamos, de mantención de la posibilidad de negación- se exterioriza a través de una urdimbre textual, un logos, que mantiene su voluntad de encuentro con el lector, pese a todo. Y este lugar intermedio, que tensiona la voluntad de verdad, instala como vemos la ironía en el corazón de la perspectiva de escritura.

El amarditamiento, en este sentido, conserva su capacidad de ataque gracias a la operación irónica, y Herrera extiende el campo de esta dramáticamente. Ya que se ve luchando desde afuera, toma entre sus deberes la necesidad de operaciones luciferinas con respecto a la situación del hablante y los sentidos comunes geográficos e históricos que la sustentan. Así, el mundo agrícola en que se da por hecha la armonía entre hombre y naturaleza, es subvertido de manera cruelmente sistemática en la primera sección, En el jardín, en que la actividad propia del hablante es opuesta a la de su entorno, y solo desde esta oposición puede legitimar su relación:


Me nutre la oscuridad no el sol

Soy lo contrario de las plantas

Un vitral quebrado que procesa oblicua la luz

Saco todo hacia el jardín y la casa por dentro la voy llenando de tierra

Quiero hablar de sistemas y de insectos

Pero termino hablando de tijeras y podadoras

O del efecto del veneno y el maquillaje sobre mi piel sintética


Me cansé de ser árbol, me cansé de ser escarabajo y panal

Me aburrí de triunfar y ser capaz de pudrirme primero que cualquier hoja

Y ahora me dedico al fracaso. Soy un jardinero católico

Que no cree en la resurrección de lo que entierra

Pero colaboro en poner en marcha, cada mañana, esta función de colores

Esta orquesta de sonidos

(...)


(p. 15)


La misma subversión cae sobre la provincia, cuyas asociaciones tradicionales dentro de la literatura chilena (nostalgia, larismo, vida onírica, etc.) son puestas en entredicho en todo el volumen, y de una manera inequívoca en la prosa Lada llegando al país Bretón, que constituye la segunda sección del libro, en que la proliferación de imágenes parte ya no desde el escenario natural, sino de la enajenación del hablante con respecto a su “propio” imaginario -y no se puede dejar de considerar que esa diferencia dramática con respecto a un entorno supuestamente “propio” constituye a las primeras generaciones del “malditismo” francés del siglo XIX. La crítica de fondo, la ironía, recae sobre las expectativas subjetivas sobre lo propio, y no sobre una ya imposible situación real del hablante con respecto a su entorno.

Un pliegue más profundo apunta al punto de inicio de este quiebre, que ya no se da con una situación exterior, sino que con la propia conciencia. Herrera hace el gesto definido de poner un acontecimiento inicial en la formación de esta conciencia escindida: el golpe de Estado de 1973. La sección Arte panfletario, se deleita casi en la crueldad al instante de escribir sobre la configuración del imaginario nacido de la catástrofe, y en una sutil analogía con la conocida frase de Adorno según quien no se podía escribir lírica después de Auschwitz, señala:


Después de Allende todo suicida es kitsch.

Después del de Allende todo suicidio es pintado por Bruna Truffa.

La Moneda pintada por El Bosco.

(...)


(p. 37)


Es un póster donde el Chicho sonríe

y aparece un fragmento de su último discurso:

ese poema con el cual se acaban las vanguardias

y comienza el realismo sucio chileno.


(p. 53)


La irrealidad de este paisaje (esta reiterada pulsión de representación vacía) ya marcado por un horror absolutamente real del país, un horror al que solo se puede acceder estéticamente como copia irónica, kitsch, se revela como el punto de partida de la condena al margen del hablante:


(...)

Adicciones y fobias

es un libro de medicina que leo como ficción

como novela rosa

como vulgar tratado de esoterismo

escrito por un adicto lleno de fobias

que de niño se hizo adicto

(...)

así se transformó en lo que en Chile

llamaríamos un curadito

cuya mística es comer huevo duro con merkén

dormir rodeado de perros y gatos sobre cartones corrugados


(p. 39)


(...)

en mi sueño

barro una casa día y noche

lavo unos platos día y noche

cansado de esta épica cotidiana me doy a la fuga

por unos callejones oscuros

mientras suena una versión de mira niñita en metal industrial

todo sucede a colores primarios

quiero despertar de este sueño y no puedo

(...)


(p. 41)


Cabe notar que mientras en escrituras como las de José Ángel Cuevas esta tragedia histórica (que también inaugura al sujeto escritural escindido) la pérdida se centra en una colectividad que ya no existe, pero en que la escritura sustenta aun su posibilidad, en la visión de Herrera la figura de Allende suicida tiene un primerísimo lugar en la evocación. Podría de alguna manera asumirse que la pérdida de la figura del conductor en quien se deposita la fe, abre un paradójico espacio de fe en sí mismo sobre el hablante: el delirio, la pérdida de sentido en el plano tanto del pensamiento como de la misma actividad escritural, están permanentemente siendo contrastados con el logos que le sirve de vía, que mientras más señas de inseguridad o deriva (como en la proliferación de imágenes de ciertas secciones del texto) dé, más parece tomar posición en cuanto hablante que desea la afirmación de sí mismo. La contradicción está en el gesto y no puede abandonarlo: el amarditamiento se confirma en la práctica misma de la construcción del poema, en la ostentosa desprolijidad que acaba poniendo en valor y potenciando el flujo imaginario.

La contradicción, como reserva de energía, también se manifiesta en la afirmación/negación de la adscripción del hablante a la tradición literaria nacional. Más que un simple respeto o un reniego con respecto a esta, Herrera plantea un acercamiento intrusivo, que puede llegar hasta juegos de identificación. En general, hay que ver a Lihn, Teillier, De Rokha, Neruda y otros autores, entre ellos estrictamente contemporáneos, como facetas del yo del hablante que se reflejan en un fuero interno que no parece querer tomar decisiones, sino que verse obligado a acoger estas figuras como máscaras variables (el gesto de identificación en su marca más evidente está dado por expresiones como Hay días en que me levanto Enrique Lihn, Hay otros días en que me despierto Pablo de Rokha, etc.). El estilo personal surge desde un aparente flujo que solo se define desde la persona, y desde el seno de su contradicción, como demuestra el poema Ejercicios de estilo, en que la imagen predominante remite al truco de magia de sacar un conejo de un sombrero. Cualquier racionalización o perspectiva resulta incapaz de inhabilitar la paradójica autonomía de este estilo que niega ser voluntario, que solo se define desde su objeto, el resultado de su aplicación, y por tanto no entrega un secreto -que es bien posible que no tenga-; el poema termina así:


8


El conejo vomita dentro del sombrero

(el estilo es el vómito)

El conejo come zanahorias dentro del sombrero

(el estilo es la zanahoria)

El conejo cambia el sombrero por una caja de zapatos

(el estilo es escribir caminando)

El conejo se enamora de una nube que tiene la forma de una flor en la oreja de un mago

(el estilo es el polen el estilo es la flor el estilo es siempre la nube)

El conejo se inyecta y escribe, el conejo se rehabilita y predica, el conejo queda mudo.


(p. 80; sección Metapoesía para niños)


El estilo, tal como la situación geográfica o histórica, puede tanto presentarse y demostrarse, como desaparecer y perder toda posibilidad de sentido; la construcción de este hablante está como debajo del poncho (desarrollando la analogía rokhiana), dejando ver la vivencia cotidiana que lo constituye como primerísima determinante, que desea ser única. Ecuación compleja, pero que se beneficia de la decidida renuncia a la pretensión de verdad, renuncia que le abre al poema nuevos horizontes.

En un nivel más de superficie, es precisamente esto último lo que acaba validando la escritura de Herrera dentro del actual ámbito literario nacional: los nuevos horizontes implican la posibilidad de sugerir dentro del texto desarrollos históricos del hablante, procedimientos narrativos, uso desviado de referencias literarias y políticas, y por supuesto un oscuro sentido del humor. En resumen, procedimientos que apuntan de manera efectiva a la atención (y hasta la entretención, que no es poca ambición ni logro) del lector sin tener que proponer la densidad reflexiva como atributo de Adicciones y fobias, al tiempo que resulta inevitable no ver operando una conciencia despierta y vigilante sobre el juego de contradicciones que componen su voluntad de escritura.

Herrera levanta, con Adicciones y fobias, la bandera de una poesía adulta, que se pone de espaldas al idealismo y a la pretensión trascendentalista, a lo que no hay, para asumir de frente lo que hay, lo que queda en medio de la crisis de sentido generalizada de las artes.

  


lunes, octubre 17, 2022

La deriva monstruosa de CALCIO EN LA MIRADA DE LA NOCHE, de Lucas Costa

 

La obra de Lucas Costa (Santiago, 1988) ya ha alcanzado solidez y presencia en el entorno poético nacional. Tras Encomienda (Santiago: Cuneta, 2013, Premio Roberto Bolaño) y Playa de escombros (Santiago: Alquimia, 2017), con Calcio en la mirada de la noche (Valdivia: Komorebi, 2022), confirma las notables características de su escritura: una extrema habilidad en la elaboración de imágenes complejas, cuya deriva transformativa no puede sino reflejar un conflicto suspendido e irresoluble entre conciencia y naturaleza. En su último libro, este conflicto toma una definición más íntima, al plantearse como punto de partida la experiencia de la paternidad. Al interrogar una metamorfosis biológica tan contingente a la propia vivencia, Costa parece encontrar allí el punto de cruce entre los procesos naturales y los procesos de creación estética, lo que produce que la gran mayoría de los textos del libro acaben constituyéndose en metapoéticas, al tiempo que testimonios de una observación reflexiva y creadora con respecto a la acción natural. Pongo como ejemplo dos poemas de Calcio…


DE UNA MONSTRUA INSÓLITA MANAN CHORROS

de pies, cartílagos en flor y un sutil meñique

hace de burbujas, polen humano


y se esparce en el barro su esqueleto

de costra y su tobillo, una especie de cola mineral

en el eclipse de los huesos o usleros


que en contraste impulsan a otra especie

de perpleja leña verde: yo, medio remo, ceniza,

piel de su recado y ella, todavía una nariz


en potencia que sigue ahí, sin gravedad

como inicial de cualquier cosa

incombustible, tan vasta a ratos:


una monstrua suspendida en líquido

que parece ir en pie como nudo

de cobre ablandado y también vivo.


(p. 10; sección CIENCIA HORIZONTAL DE LA ESPERA)


El texto se involucra con la formación embrionaria, estableciendo en imágenes en deriva un registro del proceso más que una descripción; el imaginario se deja leer desde el margen de la visualidad, al no desear precisión en este sentido, y sumergir al lector más bien en lo dinámico de la formación. Los encabalgamientos y la cadencia irregular son útiles para generar esta imagen de lo que está en proceso: lo poético mismo desea ser visto en proceso. Este carácter paradójico de vaga certeza (certeza dada la evidencia visible de un proceso) de lo que se ve en pleno movimiento, se acentúa al definir al objeto del texto -la forma del embrión en lo que parece ser una ecografía- como monstrua, forma que no puede definirse aún como integral, y que, por tanto, no puede ser considerada desde un sentido estético clásico.

La cualidad extremadamente plástica de la deriva de imágenes se acentúa con las analogías materiales: cola mineral, usleros, leña verde, cobre ablandado. La pulsión (una fuerza de arrastre más que una voluntad constructiva) de esta escritura por hacerse visible, produce un imaginario proliferante, y el poema mismo se hace reflejo formal de la monstrua, embrión, ser en proceso.


AFUERA DE NUESTRO BOSQUE ESTÁ BLOQUEANDO UN CUERPO.

Un cuerpo que no es de nadie.

Y un cuerpo que no es de nadie

se ve como un ángulo en cuyas puntas descansa un chirigüe.

Un chirigüe que amarillo cruza

la luz deforme de su ralea sin saber

del otro sentido la luz material que bloquea sus patas

y ramas oscilan en las vetas de un corcho

hecho carbón con el que se marca

la cara de niños en un cumpleaños o miércoles de ceniza.

(…)

y el hombre ve sombras arrastradas por el aire

ramas dibujadas tras la cortina, los pasos de la cuncuna

semblantes de hojas restauradas

cayendo al piso frotando tierra

de hojas humus devuelto a las hortalizas

luego una inyección de oxígeno

en ramas de algarrobo y un tambor,

ramas de ciprés y una garita,

ramas de secuoya y una galaxia,

ramas de toronjil y un páncreas,

hacia el desove de la mañana

como mamíferos que luego de parir se esconden

avergonzados de sus crías ciegas y fofas

y más tarde niegan


pero no soy de acá

más bien hasta aquí me han traído.


(p. 76-7; sección DEL COLOR DE LA LECHE)


En estos fragmentos se puede apreciar el intenso encuentro de la conciencia y lo natural, en que a través de un contraste sutil se deja ver cómo el flujo visual se encuentra con la reserva imaginaria del hombre que observa. La tensión entre sujeto y mundo natural se mantiene (y de hecho se afirma hacia el final), no obstante la formación de imagen poética le da a aquella un punto de suspensión, en que más que un enfrentamiento estéril vemos la génesis misma de la posibilidad de escritura. Vemos de nuevo, asimismo, el ansia de visión de proceso, que deja a medio camino la creación de una posible forma final: las crías ciegas y fofas pueden bien asimilarse, como producto, a la composición proliferante en sí misma.


Es interesante que la deriva de procesos proliferantes en la creación de las imágenes aparece reflejada en composiciones como las de las páginas 44 y 48 (de la sección EL FUTURO DE LA PIEL), en que respectivamente la preparación de un plato de arroz y el lavado de loza son tematizados como procesos de formación de imaginario bajo una estructuración visual, y no sonora, del verso sobre la página. Implica un virtual “estado de emergencia” permanente en la conciencia del hablante, casi forzado a mantener el punto de suspensión frente a los objetos de su reflexión poética, la perspectiva adecuada para generar una composición que logre ser legítima y validada por la deriva procesual de la vivencia.


Editorial Komorebi confirma, con Calcio… una poderosa voluntad de apuesta, llevando a la luz escrituras a contrapelo de la época. Que sea desde la provincia, y desde un entorno geográfico e histórico que ha parecido forzar a la poética a replantearse incesantemente la visión y relación con la naturaleza, le suma valor a una empresa que sabe desde dónde está instalando sus decisiones de catálogo.



martes, agosto 16, 2022

Luces y sombra: Sobre TRES ICONOS DEL CANTO PORTEÑO. UN RESCATE DE LA MÚSICA BOHEMIA, de Heidi Iareski, Víctor Rojas y Gabriel Gallardo

 

¿Cómo definirlo? ¿Modo nocturno, diálogo de barra...? Existe un modo particular de relato cuya particularidad es indudable. No es la conversación del horario de día, que tiende a ser un legítimo acto comunicativo con objetivos por lo general bien definidos, y cierta simetría, cierta mesura, en la proporción de interés y de los medios para producirlo con respecto a los elementos de la narración: personajes, descripciones, pausas reflexivas. Haciendo una apuesta antropológica que no implica mucho riesgo, se podría plantear que, para definir lo que quiero expresar, debo ir más allá que la conversación dentro de la relativamente moderna escena urbana y democrática del bar, para referirme a un modo arcaico, al intercambio de historias que conjuraba el velar nocturno después de las jornadas propiamente dedicadas a las obligaciones del trabajo cotidiano. Por algún interesante detalle de la imaginación, idéntica imagen que relampaguea en la mente: el contraste entre la oscuridad del cielo, del mundo, y la luz de la hoguera que se transforma en la moderna lámpara eléctrica, el neón o el fluorescente; la penumbra que debería preparar para el sueño contrastada con un deslumbre que fascina.

Un relato que se deja ir (que vacila) entre el vértigo, las luces y las tablas con shows enfrente: Tres íconos del Canto Porteño. Un rescate de la música bohemia (Valparaíso: La Bohemia, productora cultural, 2019), realizado por Heidy Iareski, Víctor Rojas Farías y Gabriel Gallardo, establece para la descripción de sus escenarios -que cuando no son nocturnos, tienden a la noche- este diálogo que requiere y presume abiertamente su intimidad con el lector. Esto es especialmente importante en la medida de la dificultad del fenómeno estudiado: ya desde el primer capítulo -que sirve de introducción a las biografías de Jorge Farías, Luis Alberto Martínez y Lalo Escobar- se nos da a entender la esencia fugitiva de este canto porteño, de carácter comercial pero que solo está en los suburbios de la industria musical, tan propio para el pueblo de Valparaíso que algún definidor profesional bien podría llamar folclórico, con lo que tampoco se llega a grandes certezas. Siendo efectivamente imposible de encuadrar con precisión, como bien lo muestra el bien documentado texto, solo queda producir la inmersión del lector, a través de una prosa provocadora que prácticamente impide una contemplación desde afuera (un acercamiento teórico). Incluso al leer sobre las características musicales del bolero o el tango, la apelación directa a una apreciación vital del lector, le obliga a envolverse en la materia, y le prepara bien para penetrar empáticamente en las biografías.

Esta empatía es tanto más necesaria cuando se ingresa en la biografía de Jorge Farías, cuyo carácter fragmentario (debido a la relativa falta de antecedentes seguros ante la proliferación de versiones dispares sobre hechos clave) acentúa irremediablemente lo legendario del personaje. Su caracterización sabe abrirse, eso sí, desde su absoluta proximidad a lo cotidiano:


Como en los cuentos al revés, que contaban nuestras abuelitas, había una vez un cantante que era todo lo contrario. Ni siquiera se parecía a la imagen pública de las estrellas de la canción. Nada de ropa elegante y con brillos ni de actitudes de hombre orgulloso. Ninguna exigencia antes de actuar ni planificación que considerara posibles éxitos al elegir su repertorio. Ni siquiera tenía humildad. Era gente como uno. Excepto por su voz portentosa, que opacaba a cualquiera. (p. 85)


Me resulta inevitable asimilar esto a otro fenómeno que Víctor Rojas Farías ha estudiado profusamente: las animitas, idéntico fenómeno de algo palpable, próximo y hasta precario, pero que está cargado de dimensiones que se abren hacia lo mítico. En un interesante contraste, la biografía siguiente, de Luis Alberto Martínez -una reconstrucción en primera persona a partir de entrevistas con el cantante- prolifera en detalles que contextualizan de manera definida el fenómeno del canto popular desde su realidad local hasta su integración en una industria musical internacional de especialísimas características, en que se nos presenta una variante del estrellato que está lejos de la percepción estilizada del modelo predominante durante el siglo XX y lo que llevamos del XXI, adquirido desde la industria estadounidense. El carácter especial de este estrellato se confirma con la historia de Lalo Escobar, cuyo enorme éxito no parece haber dejado huella en la memoria de las generaciones posteriores.

El libro engendra así su efecto provocativo a posteriori. El contraste entre las luces del espectáculo y la gris vida real -que a veces tiende a la oscuridad, la invisibilidad más total- resulta de algún modo inquietante, así como el rol que acá juega la industria que administra la producción y distribución musical. El rol más palpable de los locales de la bohemia, por otro lado, nos remite a un fenómeno espectral en el Valparaíso actual, que tras determinar el carácter de la ciudad acabaron desapareciendo. Tres iconos del Canto porteño acaba recordando al lector la crueldad de la Historia (y no tan solo de la historia reciente), produciendo el sano malestar que debe producir el rescate de los hechos pasados, la puesta en escritura de un momento determinante para la cultura local.

Lo universal de lo propio: JURO QUE ES VERDAD, de Gabriel Zanetti

La crónica, práctica que remite a una cotidianeidad desde su mismo espacio de publicación -revistas y periódicos-, está singularmente bien armada ante una posteridad cuando le ha correspondido dar cuenta del quiebre de esa cotidianeidad. En la medida en que la experiencia pierde su “cotización”, bajo la sombra traumática de un “mal de muchos” y la dificultad de expresar el quiebre (y es inevitable confrontar el ensayo de Walter Benjamin sobre Lesskov al respecto), es esa primera persona vagamente corporal del cronista la convocada a elegir la palabra justa, que no se define ante el diccionario sino ante un sentido común en formación tras una época traumática.


Juro que es verdad (Arica: Aparte, 2002) aparece no solo tras la crisis pandémica y las consecuencias económicas que aun experimentamos, sino que tras la crisis política chilena del 2019. En Chile, como en pocos otros países, se ha debido vivir toda una nueva forma de sentir y encarar un mundo que impone una aceleración que resulta devastadora para los modos ya aprendidos. De ahí el tono crepuscular de estas crónicas, que parecen recorrer un proceso que el libro sabe iniciar bien con el contraste entre el año nuevo familiar de la niñez y la noche vieja del 2019, marcada por la dispersión familiar (casi podríamos decir la dispersión de lo familiar) y la melancolía.


El contraste entre la experiencia pasada y la presente sabe hacerse palpable en la serie que recorre los momentos decisivos de lo que podríamos llamar educación sentimental, coyunturas de crecimiento interior que, al modo de los films de Éric Rohmer, eligen el verano para plantear la plenitud de las expectativas así como la plenitud de su quiebre. La inevitable inadecuación del niño y el adolescente, responden bien a la inadecuación presente, la de una generación que vio volver a los fantasmas de un malestar social con la misma sensación de estar “fuera de juego”, forzada a una alerta en una época sin reglas de acción establecida. Esto implica ponerse en el lugar de esa otra generación distante y comprenderla, habitar el lugar difícil de la adultez, como parece indicar la elección para el final de Estado de alerta, con el cuidado físico y emocional del padre enfermo, y en el volumen en general, el tenso cuidado de los hijos bajo los diversos estados de emergencia.


Hay algo de terapéutico en Juro que es verdad, en su necesidad de dar expresión al tiempo de la angustia. En contraste con cualquier discurso épico o de razonada crítica ideológica, La radio relata, la televisión relata, la familia relata, describe la vivencia palpable de la crisis política de octubre de 2019, en un movimiento que fluctúa entre la información disponible por los medios y la tensión al interior del hogar, con una soltura y habilidad de representación que atestigua bien la capacidad poética de Zanetti.


La crónica puede hacerse historia si sabe que de algún modo la experiencia personal que relata constituye también parte de esta. O dicho de otro modo, el valor estrictamente particular de lo vivido en Juro que es verdad es garantía de su universalidad.

 

jueves, julio 07, 2022

Gobernar la tragedia de los vivos: LA CAIDA DE LA CASA KISSINGER (Santiago: Dementes Unidos, 2022), de Jaime Huenún.

 

El eco del nombre de Henry Kissinger lo tenemos todos en las orejas a este lado del mundo: el Secretario de Estado norteamericano que entre 1973 y 1977 fue uno de los principales artífices de una política que nos terminó tocando a todos personalmente bajo la experiencia de las dictaduras militares en Latinoamérica, uno de los mayores criminales de guerra, además, de acuerdo a la formalidad del derecho internacional, si bien cierta “necesidad” histórica del orden capitalista de detener a sus posibles impugnadores (así como su despliegue diplomático que, de hecho, logró evitar grandes confrontaciones armadas produciendo “pequeños” conflictos locales en países marginales) ha acabado de darle una cierta aura de extraña “legitimidad” en los ámbitos “serios” del estudio de la política internacional. Se podría hacer un extenso poema de denuncia e incitación al kissingericidio, lo que precisamente no es el libro que estamos presentando.

Revisando los títulos en la bibliografía de Jaime Huenún, bien podríamos decir que Kissinger se ubica en la continuación de una serie; tenemos al poeta alemán Georg Trakl, en su libro del 2001, al psiquiatra, filósofo y revolucionario argelino Frantz Fanon, en el 2014, y al poeta ruso Ósip Mandelshtam en el del 2017; Henry Kissinger sería el cuarto de esta serie, y no debería extrañarnos. Si lo que une a Trakl y Mandelshtam es su condición de intelectuales que vivieron de espaldas al poder; Fanon y Kissinger son ambos intelectuales “orgánicos”: si el primero lo fue desde su militancia revolucionaria, el segundo lo es desde su papel paradigmático de asesor de política exterior, desde su participación en los primeros modelos de los que serían después conocidos como Think Tanks, al crear en 1956 el Special Studies Project, desde el Fondo de los Hermanos Rockefeller, y colaborar con la RAND Corporation.

No obstante esta serie contiene otro determinante fundamental: lo que definitivamente une a los cuatro es que se trata de intelectuales de la Catástrofe. Me refiero con este término, restringidamente, a ese momento en que la razón de los estados y de la historia, generada por los seres humanos en su progreso social, se transforma en una fuerza que se alimenta de la masacre de estos mismos en un ciclo casi permanente, que hace que se pueda apreciar la modernidad como una oleada incesante de catástrofes, como la Catástrofe como una sola marea, que solo permite predecir la continuidad futura de esta misma oleada hasta lo impensable. Trakl bajo la I Guerra Mundial, Mandelshtam en los campos de trabajo de la Unión Soviética, y Fanon en el contexto de la lucha del Frente de Liberación Nacional argelino, testimonian bien esto. Pero en este sentido, Kissinger como referente revela toda su significación: él mismo está determinado desde su infancia y juventud por la catástrofe de la persecución nazi y la migración forzosa, toda la elaboración de su pensamiento político está bajo la obsesión por evitar las “catástrofes” de la expansión comunista y de la guerra mundial, y en nombre de esta obsesión él mismo será un responsable de primera línea en producir catástrofes en todo el orbe, desde Vietnam hasta nuestro país, asumiendo la “necesidad” de estas, casi como pequeños sacrificios que pudiesen ser sustitutivos de un gran cataclismo. Él es efectivamente quien asume la necesidad de gobernar / la tragedia de los vivos.

En este sentido, Kissinger es símbolo de la catástrofe moderna en sí mismo, y puede representar bien la ansiedad que nace de la conciencia plena de esta. Una conciencia particular, ya que se sitúa, por la catástrofe ya vivida en lo personal, ante la catástrofe total ya consumada, al modo de la proyección profética: por lo mismo, ya no queda espacio para la racionalidad, que redimiría, por ejemplo, al hablante de La caída de la casa Kissinger. Este hablante es un sobreviviente a lo que no solo es un desplome de la vida social “en derecho”, sino incluso de las posibilidades de articular un pensamiento sobre la catástrofe. Esto genera en la voz de estos poemas una insistencia lírica, en que el principio causal es otra víctima de la hecatombe: desde el principio se define desde una lengua fria, fosilizada, que bien puede contener el milagro de una poesía sobreviviente, pero tras una condena ya sentenciada, una poesía que parece incluso ya haber sufrido el castigo. El resultado es la extranjería: el país “propio”, es un país inexistente que ha trascendido la división política y geográfica de al menos dos continentes, partido en dos por la nieve, símbolo de una suspensión espacial y temporal marcado por el color blanco de una pura indeterminación.

Este hablante es consciente de la pesadilla de la historia, del carácter de inhumanidad que porta como componente clave, como momento negativo necesario, de su despliegue, y el anhelo de salirse de ella se expresa en el anhelo de una habitabilidad que se ha hecho imposible, en la imposible trascendencia que supone un pequeño mundo / sin sol ni oscuridad, sin unos signos del paso del tiempo que se han hecho indicios penosos. No resulta entonces casualidad que este signo de lo apátrida (asimilado al canto de pájaros errantes) sea presagio de disparos y silencio; la imagen poética de una libertad que trasciende el tiempo y el espacio, presente en la escritura nacional con Los pájaros errantes como momento ineludible, se regenera acá como signo negativo que revela el momento ominoso que subyace a su lírica. La trascendencia ahistórica de Pedro Prado en el contexto del ansia de refundación espiritual de una república a cinco años de su centenario desde una pequeña burguesía europeizante, acaba indicando acá, en el hablante Kissinger del 2022, el costo de esa refundación (tanto desde la década de los 20 del siglo pasado, como desde la que se nos ha aparecido en los 20 de este siglo) a partir de la historia real: disparos y silencio.

Así, el habitante imposible que es este Kissinger no podrá sino sufrir la irrealidad total: su ser más íntimo se desvanece a la vista del lector, son las nubes / que cubren los faroles / del pueblo diminuto, que arrastran consigo al corazón cantando entre naranjos / frente al amanecer. El lector no puede saber lo que implica esta irrealidad fruto de la experiencia catastrófica, ya que esta es personal e intransferible: este Kissinger va a ser un eterno desconocido del que solo hemos visto la figura iluminada por las luces del poder y no su nacimiento entre piedras y cascajos, aquello que en verdad lo define ante sí mismo, en un momento en que solo esto es lo que se le logra presentar, en la soledad más radical.

Por ello, el libro se trata de una catástrofe personal, que apenas halla palabras para expresarse, y detrás de este Kissinger uno puede ver claramente al intelectual Jaime Huenún, asumiendo el costo de su labor y de la inquietud por la pertenencia en un contexto de crisis y aislamiento. En buena medida, La caída de la casa Kissinger se trata de la pregunta por el sentido del pensamiento y su imbricación con el mundo en medio de la duda total producida por una pandemia y sus consecuencias económicas y políticas, que le puso, de manera ya permanente, un signo de interrogación al supuesto progreso indefinido de la sociabilidad humana, dándole por otro lado la confirmación de su validez desde el momento en que se cumple la ley de la masacre. ¿Cuál viene a ser la moralidad detrás de esa redacción de las actas de la hecatombe que se hace mientras se bebe el vino italiano, la comodidad que ofrece la institución a sus servidores intelectuales? ¿Es que acaso el objeto poético no se ha desvanecido en la misma medida que el objeto económico?

Y con todo, la lengua poética es la que quizás mejor pueda dar cuenta, ya no de lo que ocurre, sino de esa precariedad personal ante el mundo, que se vuelve el único contenido posible, reconocible, del relato, de la historia del mundo. Acaso en Chile suceda precisamente esto con la tradición poética, según parece insinuar Patricio Marchant, y este nombre no sale al azar al considerar la particular conformación de imagen que practica Huenún: ya mencioné a Pedro Prado, pero a mí no dejan de aparecerme ecos de Rosamel del Valle y Jorge Teillier, así como de un imaginario mapuche que conozco poco, pero que puedo presentir en la evocación de la vida natural y del paso del tiempo. La redención de esa pertenencia crítica que es siempre la chilena, cuyo mestizaje se hace aquí palpable (¿no hace eco eso acaso en la elección de ese ex-patriado doble-patriado que es Henry Kissinger como genuina voz del poema?), la redención de esa escritura nacional, siempre discutible pero que aparece como evidencia incómoda en nuestra vida cultural, resulta una tabla de náufrago al ser vista desde este libro, contemporáneo de una operación jurídico-constitucional que ha parecido responder desde su lado y a su modo, desde la misma pulsión de redactar, hacer legible algo que no había despertado al papel, a un papel que desea ser piedra fundacional tal como lo quiso desde su origen la escritura poética en nuestro país.

Libro que sale en su tiempo propio, y justo en el ocaso del mundo imaginado por su personaje central, La caída de la casa Kissinger es muestra de un desafío mayor: casar el arcaísmo del arte poética con una modernidad que ha tenido como lengua el barullo, la lengua amenazante de la burocracia y el silencio tras los disparos. Su extrañeza, su límite moral, es la que, paradójicamente, habita en la normalidad del ser de una época crepuscular, esperando el siguiente acto que nos entregue el cabaret banal y enajenante del derrumbe, y pensando en un futuro que venga después de este futuro que nos toca. A ver si la promesa -hasta ahora vana- de la poesía, hija huérfana de una antigua religiosidad trascendente, se cumple en ese momento impensable.