martes, junio 02, 2026

PRESENTACIÓN DE PALESTINA BAJO FUEGO, de Rodrigo Karmy Bolton (Valparaíso: Voces Opuestas, 2026)

A decir verdad, cuando Gonzalo Jara, el editor, me puso como poeta en el afiche, no me pareció muy bien; yo prefiero escritor, que tiene connotaciones menos míticas (o místicas). Más encima sabía que habría historiadores y filósofos, claro, y no deja de ser riesgoso para alguien de este oficio ponerse ante sus inquisidores tradicionales desde muy antiguo. Pero dándole una vuelta, ¿qué puedo aportar, en qué hago falta acá?

El atributo del poeta, de hecho, no es (no debería ser) pensar sobre las palabras, sino tener y comprender la experiencia de la palabra, que es el requisito último para ocuparla en un sentido neto y responsable de herramienta. Y con ello, uno se encuentra con cosas que no se dejan decir, o bien que fuerzan a que se digan de cierto modo, lo que se hace incómodo y, con ello, indica un trasfondo no evidente, no dicho, que está por abalanzarse encima de uno. Por eso, uno ocupa traslados, metonimias, para mantener, en lo posible, el control de la palabra sobre lo real.

Y hay cosas que no se dejan decir, que se resisten. Pasa con los tiempos que corren, o hacia los que nos hemos ido abalanzando, mejor dicho, tanto que no nos hemos dado cuenta hasta que experimentamos la sorda resistencia que nos oponen: se superponen la crisis ecológica, la superación de lo humano que nos presentan los administradores de las nuevas tecnologías de control e información, derivas ideológicas en el plano de los poderes estatales que parecen atrasar el reloj y barrer al fin con cualquier ilusión de progreso, tanto en el plano ético como material, la guerra amenazante con un rostro que no hemos visto antes, de hecho, sin rostro, a distancia, muda y sin posibilidad de épica, inhumana, y claro, aquello que nos reúne hoy, esta catástrofe de Gaza, que como podemos ver mejor con el libro que presentamos, parece hacer converger todas estas cosas en una síntesis que sugiere un relato común, capaz de vincular todas estas catástrofes en un mecanismo de acumulación y proyección de significado. Antes de esta síntesis posible, podría yo haber pensado en una idea obsesiva, cuyo vuelo como de halcón sobre nuestras cabezas no es para nada azarosa: la de los signos de los tiempos, el apocalipsis.

Y he aquí que toda una compleja red cultural conduce, de un modo u otro, a pensar esta inquietud del Final -con mayúscula-, como vinculada de uno u otro modo a la región geográfica específica que supuestamente serviría de barómetro para ese momento: como me decía un fundamentalista cristiano con que alguna vez compartí casa, el lugar “más maravilloso”, “porque ahí todo empezará”. Ojo: empezará, no terminará.

Entonces, da miedo por la propia razón: ¿podemos manejarnos en estas aguas profundas sin quedar en la deriva que implica un pensamiento integrista y fácil, que subraye lo inevitable, algo escrito en esa geografía desde el principio de los tiempos? ¿Acaso no vemos abrirse una trampa bien armada, hecha por manos bien humanas y con una historia datable y racional, y con objetivos, acaso, absolutamente humanos?

Para comprender el peligro de esa trampa y esquivarla, este libro puede ser indispensable: al leer que la catástrofe, la nakba, no es una alegoría trascendente y atemporal, sino que un momento histórico preciso, si bien su sentido y trasfondos requieren de una comprensión atenta, ampliada acaso. Y me parece que Karmy propone, que en vez de apocalipsis, la palabra más directa es esta: nakba, o, dicho desde el proceso histórico más general, que la era en general debe considerarse como la era del genocidio: o un apocalipsis que se traduce más fácil y rotundamente como revelación: la intensificación de una corriente de hechos históricos tal que llega a mostrarse claramente enfrente, en una consistencia ideológica que ya no es la nube que cubre la visión, sino que se muestra como evidencia sólida y hasta con voz y cara.

Es solo desde el peso histórico, situado y concreto de este término, nakba, tal como lo propone Karmy, que se empieza a concebir de manera correcta el rol que toda la maquinaria del Occidente imperialista le asignó a Palestina, lo que produce aquí su extraordinaria riqueza interpretativa. Su indicación con respecto a la aparente “sustitución”, una operación de transferencia de deseos, que operaría en el origen del sionismo desde el cristianismo reformista -que funcionaría como su “momento cero”, previo a que se desarrollase algo así en el seno de la comunidad judía-, parece tocar una de las arterias de la inquietud, ese trasfondo del que hablaba antes. 

Es que la zona geográfica a la que nos referimos -ampliándola desde la Palestina propiamente dicha hacia el área más amplia en que se inserta-, es precisamente el lugar en que se cruzan las líneas comerciales más antiguas y estables de nuestra historia civilizada; y acaso tan solo ahí, desde Anatolia en el norte hacia la península árabe en el sur, es donde se daban las condiciones para concebir la abstracción del dinero como unidad de equivalencia universal, así como (¿o por ende?) el dios único, ese poder concentrado que gusta de sacudirse cualquier atributo apenas lejanamente humano, hasta incluso esquivar el ser asimilable ni de lejos a una persona. Poder que puede elegir (y lo hace) retirarse del mundo para hacerse pesar sobre sí mismo: poder que se autoconcibe y se define para siempre como promesa, demasiado estable para ser Estado, es decir, que debe estar, ser, por sobre los estados.

Y bien, estamos en una era en que los detentadores del poder no tienen timidez en mostrarse como tales, y de frente declaran ser capaces de imponer una tecnocracia que lleva a su consecuencia última esta noción de un poder que solo se valida por sí mismo, en un despliegue que no busca confrontarse con su integración a lo humano o lo social para fundamentarse, y que al construirse a sí mismo como verdad absoluta, propone al resto del mundo como un conjunto caótico y peligroso de momentos de lo falso. Veo que esto resuena en la proposición de un mundo que se divide en víctimas -aquellos “civilizados” que desean “vivir en paz”, una paz que suena como la interrupción plena del tiempo- y victimarios -nosotros, quienes entramos como entes vivos y conscientes de la dialéctica del mundo, en calidad de una disrupción sobre el ideal que ese nuevo complejo imperial pretende intemporal, “anunciado”, cumplimiento de una promesa original, los tiempos. Es en este nudo en que Karmy es capaz de encontrar la proposición del abstracto “judío” de los sionistas como víctima ejemplar, definida desde la antigüedad (cada vez más distinto de una persona real de ancestro o confesión judía; como son cada vez más distintos el sionismo y el pensamiento judío), y los muy reales palestinos como “malas víctimas”, que no se dejan arrasar tranquilamente; y todo esto en un “devenir nakba del mundo” de nuestra era Palantir, en que en lugar de los palestinos podemos estar nosotros -o mejor dicho: ya estamos en potencia en sus algoritmos-, y en lugar del “judío” abstracto, tenemos a esta paz imperial en todo el mundo, amenazada por la vida real y por una imaginación popular que va a seguir jugando en un tablero que no es sintetizable por los algoritmos. En este sentido, el ver a Palestina como “grilla de inteligibilidad para poder reconocer la nakba mundial”, proporciona una herramienta urgente en el tiempo y lugar en que estamos. 

Ya que por más que mute y se haga pasar incluso por el cumplimiento de todas las profecías y la segunda venida de Cristo (y no estoy exagerando en esto), nos estamos encontrando con algo que sí ya hemos visto antes: desde la escritura torcida de César tras la conquista de ese caos informe que nos presenta en la Galia, hasta el colonialismo de asentamiento de vertiente estadounidense y sus desarrollos en el nazismo, y hasta la virtual negación del carácter humano de quien se oponga a una deriva imperialista, negación a la que las elites europeas dieron carta de ciudadanía filosófica y hasta científica con las teorías racistas de fines del siglo XIX, dando un nuevo trasfondo para asegurar la sobrevivencia de la antigua noción de “bárbaro” desde una modernidad “culta” y “racional”. La desmitificación de las pretensiones afiebradas de los perpetradores de esta nakba mundial, corresponde a una tarea que este libro confronta.

Y confrontar esto no es sencillo. Ya que corresponde ir más allá de poner en cuestión la mentira evidente, sino que también la solución de compromiso que se ha revelado como fallida precisamente por una naturalización de la que ahora pagamos las consecuencias: la democracia liberal como el mal menor. El pensar de vuelta formas de sociabilidad que afirmen de manera efectiva que lo disruptivo sea la violencia sistémica, y no sea su interrupción por la búsqueda creadora de la imaginación popular (que no puede sino perfilarse como violencia cuando se la ve desde el poder), está de algún modo planteado en todo el libro, si es que no constituye el momento programático de toda esta reflexión.

La afirmación de la posibilidad humana, conformada por cuerpos y mentes que no pueden sino reconfigurar nuevos horizontes de vida, contra una voluntad imperialista que solo puede figurarse como una forma nueva de religión para con/vencer a quienes no pueden sino ser sus víctimas sacrificiales: en esta dirección va la posibilidad última de repensar no tan solo el genocidio palestino, sino la forma general, imperial, de la que esta es reflejo. Por ello, este genocidio y las colonizaciones internas que sufrimos en nuestros países -que llegan ya hasta el control y la administración de nuestra propia vida privada- exigen de nosotros un programa mínimo que exija pensar de nuevo, incluso, las nociones metafísicas que fundamentan nuestras orgánicas sociales. En este sentido, invito a leer in extenso a Karmy, que, me parece, se ha puesto como tarea una visión más precisa de los modos que nuestra modernidad desechó en su vía hacia la “emancipación” del individuo, una vía que naturalizó, entre otras, la división del mundo entre pueblos civilizados y bárbaros, la inevitabilidad de la explotación del hombre por el hombre, y la versión secularizada de la redención que sirve de fundamento trascendente al sistema capitalista: todas estas que han sido llevadas hoy a sus extremos más absurdos (esto es, un apartheid a escala mundial, la aseveración abierta de la obsolescencia de porciones enteras del género humano, y el sacrificio redentor en la guerra y en las entrañas de la industria de la seguridad en general, de los “fieles” del Imperio, una religión de muerte, la movilización total de Jünger).

La labor de pensar estas cosas no es anodina. Porque desde este pensamiento podría salir la semilla de una visión más clara, que sepa poner en su lugar a la pretensión febril de omnipotencia que el nuevo sistema de control e información no deja de proyectar a cada paso. Al reconocer en esta deriva del neoliberalismo tecnocrático una teología política, y al saber comprender los elementos que la conforman, se ve más claramente porque corresponde llamar a esta época como era del genocidio, y que lo apocalíptico se reduce más bien a una revelación común y corriente: la pulsión del poder imperial por expresar cínicamente, en hechos y palabras, la que siempre fue su genuina naturaleza, ya sin la necesidad de una validación humanista, sino solo sosteniendo su bandera de ser “la última ideología”, la que de paso sería capaz de acabar con la verdad misma.

Ya vemos cómo se desea naturalizar que los palestinos se mueren, porque es su destino. Este es el corazón de la catástrofe convertida en sentido común, en lenguaje, en espectáculo sin sorpresas. Dejar de naturalizar un sistema que muestra su “buena performance” a través de la masacre, implica no solo la crítica teórica, sino la conformación de un sentido común, de una afirmación decidida de la vida como transformación permanente y, por ello, un permanente desafío a estructuras ideológicas que solo pueden sostenerse con el acto neurótico de partir al mundo en dos, para así afirmar una “idea del Bien” sin voz ni cuerpo. Ya vemos en qué termina eso. En esta tarea, que debería unir a la teoría y la práctica de una imaginación social, encuentro no solo la razón de por qué tendría que yo estar acá con mi experiencia de las palabras (que enseña precisamente la transformación permanente de nuestras concepciones y la libertad esencial que está en el fundamento del oficio poético), sino también la reflexión que desde un pensamiento filosófico e histórico bien armado ha emprendido Rodrigo Karmy al pensar la nakba

No sé si ganemos, desde el punto de vista de sus tiempos. Pero al menos ahora, hoy, el hecho de hablar y reunirse ya es una victoria, en este tiempo.                                  

    

 

viernes, marzo 06, 2026

Una agonía banal: CUIDADO CON EL HACHA, de Camilo J. Gaona

Es fácil definir a Cuidado con el hacha (Santiago: La Calabaza del Diablo, 2024), de Camilo J. Gaona (Valparaíso, 1999), como una “novela de carretera”; lo delicado es aprehender qué es lo que el personaje central debe asimilar en su travesía. Esto, precisamente, porque la carretera, en este género narrativo que ya contiene en sí sus propias reglas, no es solamente un espacio físico, sino que siempre muestra la exteriorización de un proceso interno en los personajes que emprenden la ruta. 

La novela está dividida entre secciones que van desplazando la escena entre el viaje mismo y la evocación de varios episodios que han marcado al protagonista a través de su vida. Esto parece posible por la carretera misma: lo que le entrega esta no es la libertad o la apertura hacia la incerteza -rasgos típicos y acaso más externos del género-, sino el momento en que efectivamente puede enfrentarse a su propia intimidad, presentar ante sí esos recuerdos. Este enfrentamiento emerge a la prosa del modo que corresponde a la transitoriedad de una experiencia de ruta, lo que permite la extrema eficacia y la justificación estilística de las unidades breves y concentradas que componen el libro. Así, el lector debería experimentar la deriva de pensamiento que impone el modo particular de atención del viaje solitario de un conductor, en que la activación del recuerdo no puede sino ser permanentemente desplazada ante el cuidado del manejo y la contemplación del camino.

Lo que marca el mundo del protagonista de Cuidado con el hacha es la inminencia de la muerte. Esto se marca desde el principio mismo del relato, en que de manera significativa se abre con las olas del mar rompiendo sobre una vértebra cervical. El mar, figura de lo ilimitado, lastima precisamente el área del cuerpo que se asume gestualmente como señal de la aceptación (bajar, alzar el cuello). La breve sección, de una página, se cierra con la emergencia de una idea: voy a morir antes que mi papá, precisamente la figura familiar que está vinculada a la entrega de normas, límites para la acción. A través del relato, de hecho, la violencia paterna pasada es un índice permanente para entender la evolución mental del personaje, que ha dejado la vida sedentaria por una existencia nómade vinculada a su trabajo en la construcción, a partir de un momento en que el límite impuesto por el padre parece amenazar la propia vida. Este modo de existencia sin echar raíces, implica una entrega tácita a un espacio en que el límite es entregado siempre por una actividad transitoria. Tal como se debe desplazar el personaje en deriva a través de su existencia, sin cesar el camino, así debe atravesar la carretera, y así se debe entender la inminencia permanente, la visita reiterada de las figuras del cese definitivo. Esto se marca desde el primer escenario que vemos entrando al texto: el accidente en el mar.

Las evocaciones se dirigen una y otra vez a experiencias cercanas a la muerte, desde lo más banal (los “accidentes” que los estudiantes producen para faltar a clases) hasta la presencia fantasmal de los muertos en un sitio de construcción. La carretera sabe explicitar esto visualmente con la insistente visión de los animales muertos. El protagonista debe asimilar cada vez más el cruce permanente del cese definitivo que implica la muerte. Así, el horizonte no puede dejar de proyectar un trato más íntimo y esencial con la desaparición, en que de un modo casi alucinatorio el mundo del personaje debe quebrar su frontera con un mundo natural -el mundo que está más allá de las orillas de la carretera-, uno en que la vida y la muerte no se reconocen como fuerzas contrapuestas.

En el texto -que tuve ocasión de conocer en versiones anteriores a la publicación- había una presencia mucho más permeante de la escucha musical; el libro nos presenta esto de una forma mucho más medida y precisa. La radio del vehículo fue robada en algún momento, por lo que la música de fondo del viaje no puede sino ser un mp4 conectado a la batería: es decir, forzosamente estos audios no corresponderán al tiempo real o a un álbum completo, sino a la incerteza de una lista de reproducción al azar. El viaje en la carretera es un trayecto en que el tiempo no existe como sucesión necesaria, lo que sabe permear la estructura de la novela misma. La falta de necesidad deja abierta en cualquier momento la puerta para la entrada de la interrupción de la vida.

La primera novela de Camilo J. Gaona representa un trabajo muy bien realizado en la exposición de un personaje, con un cuidado detalle en las situaciones y los entornos. El relato se siente real, y presenta bien un estado de ánimo en que no existe esperanza alguna de salida para una existencia que solo implica la sobrevivencia en su sentido más básico. Sabe apuntar al estado de ánimo de un capitalismo tardío que no deja horizontes abiertos para una acción real sobre el mundo, y se atreve a plantear las consecuencias íntimas en la conciencia de su protagonista, construida a medida de ese mundo y esa carencia de destino, entregada a la más banal de las agonías. 

 

domingo, enero 11, 2026

NO HAY CASO CON TODO ESTO, de Cristián Cruz: una poética del Exterior

Hace tiempo le debía un comentario a Cristian Cruz (San Felipe, 1973). Tenía que hacerme el tiempo para escribir algo, y siempre ocurría algún incidente que cortaba el proceso. Me explico: no era asunto de llegar y expresar las virtudes de su escritura. Lo que me hacía demorar era que siempre me ha parecido un poeta difícil. Esto suena extraño, sí, para quien conozca su obra; pero lo que yo no podía dejar de ver era una tensión entre quien escribía y quien aparecía en el escenario del poema. Y me costaba siempre situar en qué sitio, dónde estaba la fisura entre esos dos sujetos. El tejido de los poemas de Cruz es de tal arte que me parecía muy difícil imaginarme el detrás de la tela, dónde estaba el punto ínfimo en que se urdía la transformación de la vida en representación escritural. Veía, al mismo tiempo que la amalgama se hacía cada vez más compleja mientras más sencilla iba apareciendo ante la lectura ingenua. No hay caso en todo esto (Valparaíso: Bogavantes, 2024) me ayuda para poder pensar los procedimientos de Cruz, ante la evidencia de un carácter catastrófico, que si bien antes ya estaba presente en su poética, en su último libro se plantea de manera, yo diría, violenta.

Me refiero con catástrofe, no tan solo a la presencia reiterada de la pérdida, la ruina y el desamparo de su hablante -y desde este sentido al ver en gran parte de su obra desenlaces ya producidos de dramas presentados a la conciencia de la escritura-, sino que a la sutileza de la etimología de la palabra: no tan solo volcarse (hacia abajo), sino que volverse en contra, giro que permite el prefijo griego katá-. Me parece que quien escribe acá se vuelve de cara a quien ha padecido la tragedia, en lo que bien puede traducirse como un enfrentamiento.

Así entiendo la permanente ironía del poeta Cruz ante su hablante. El libro abre con un texto cuyo efecto emocional nace precisamente de este enfrentamiento: Imagen total, en que la muerte del padre, atravesada por la evocación, es cubierta por poderosos efectos de distanciamiento irónico:


He sacado mucho combustible de mi padre,

resultó ser el más contundente de una lista de familiares.

(...)

“¿Y ya tienes polola?, ¿no me digas que eres maricón?”.

Yo tenía 16 o 17, y dije: qué profundo.

Si supieras, tanque de combustible, que el amor y la muerte me han hecho pico,

que mis trabajos se convierten en mi vía crucis cada cierto tiempo.

(...)

ciego, imagen = vaso de vino, lamento.

Buda te está sacando todo el rollo,

tu Karma fue tantear las paredes del departamento para llegar al baño

y con los años mutaste en un tanque de combustible.

¿Cómo lo hiciste? No lo esperaba,

Imagen = cerveza = ciego = poema.


(p. 9)


El efecto irónico funciona en múltiples planos, según se ve. El tono serio y distanciado en un poema que tendría la expectativa lírica de un réquiem (resultó ser el más contundente de una lista de familiares), seguido por la elección de palabras coloquiales, incluyendo el giro violento; la metamorfosis inesperada que transforma la aparente banalidad casi en una imagen onírica grotesca (el tanque de combustible), el plantear las relaciones metafóricas en forma expresa de ecuación simple de igualdad; en fin, en vez de la forma clásica del réquiem vemos un despliegue que desea producir tanto la risa como un distanciamiento frío, en un deliberado gesto antilírico. ¿Qué hay en esta risa?

Acaso se trate de humor negro, esa reacción reactiva, y casi espasmódica, que produce enfrentarse a un absurdo abierto. En los casos en que se encuentra (baste citar la antología de André Breton), no es difícil ver la desesperación ante un estado de cosas injusto, o más, ante la falta total de sentido ante la existencia misma. Pero atención, el objeto de este humor en Cruz es su padre. Y el padre, desde el psicoanálisis, es aquel que pone límites, que modula los impulsos, que abre a la persona al mundo (y en este sentido crea a la persona). En sentido análogo, bien podemos decir dentro del contexto de la escritura: es el lenguaje, un lenguaje que acá tantea las paredes para no caer, lo que haría estallar la risa en su sentido más radical, el que asignaba Bergson a la percepción de aquello inerte que aparece donde debería estar lo vivo (de hecho, el ejemplo que ocupa Bergson es aquel de alguien que se cae).

Lo que acabo de anotar tiene un eco inequívoco en la asociación ciego/poema del texto, en que es imposible no traer a la memoria la tradición que quería a Homero ciego: el padre de lo que se da en llamar poesía occidental podría incluso ser un personaje fantástico que deriva su nombre de un juego de palabras (ho me horón, “el que no ve”). Esta característica reafirmaba el hecho de que sus poemas se transmitieron de manera oral, y no escrita. Y no puedo dejar de recordar que Cruz de esto sabe: su relación con la tradición chilena del canto a lo divino no es la de estudioso, sino la de un cultor en toda regla, y sin duda debe conocer la ceguera de Juan Bautista Peralta y de Santos Rubio, dos figuras basales en la poesía popular chilena.

El hablante no se identifica con el padre: más bien ostenta -a través de la ironía- su distancia con él. Es en el oficio en que el padre se introduce como analogía: la escritura tiene la torpeza del ciego, recibida como un Karma; con el sol y la luna, así como los espejos, alejados de ella. Las dos ecuaciones de igualdad reproducen esquemáticamente lo que uno podría leer como el modelo de una poética en catástrofe-derrumbe (katá- como “hacia abajo”): la ceguera, el alcohol (claramente en una situación no festiva, en un beber amargo), el lamento, el poema, resultan inseparables en este ejercicio. El hablante reconoce en estas ecuaciones su propia escritura, pero desde una distancia intencionada, en una catástrofe-enfrentamiento (katá- como “en contra”), que no podría sino producir espanto, y por ende producir la risa como respuesta instintiva e impotente.

No obstante, es esta risa la que salva al hablante, precisamente cuando asumimos que la risa, en todo su despliegue físico y afectivo, no se puede reproducir en el papel. Hay que encontrar signos que sepan reproducirla en la conciencia de quien lee, y sin que el hablante rompa en risa. Es la escritura, justamente, la llamada a evitar que aparezca la forzada no-palabra que corresponde al espasmo en la garganta, aquello que permitiría un camino de aprendizaje al modo de las sátiras de Horacio: ¿qué nos impide decir verdades riendo? Es transmutación del espasmo en articulación poética: lo indecible se dice, la melancolía se performa humorística, el vivir imposible del hablante se cambia en el cotidiano oficio de la escritura, la sátira del poeta Cruz.

El poeta Cruz, entonces, sabe limitar, dimensionar la inquietud infinita de su hablante. La vida en abstracto es cuantificable como una escasa reserva: ¿Te queda vida aún?, se titula la primera sección del libro, la que “sitúa” al hablante como personaje y a su mundo como el escenario de un habitar difícil y falto de sentido. No ahondaré acá en Circunstancias de un hombre muerto, en que la figura que parece central (el muerto del título, que arrienda piezas) deja su lugar en el poema al arrendatario que se bebe las botellas que ha dejado aquel; sí citaré Sin decoro:


Todo comenzó sin decoro,

el árbol de pascua en el suelo,

y la casa se venía abajo;

una tía nos ayudaba con el arriendo

y aun así la casa se venía abajo;

no era el alcohol, no eran

los fines de semana frente al televisor.

Era algo parecido a la noche.


(p. 18)


La anécdota sugerida sabe presentar bien el espacio en que se mueve una parte esencial de la poética de Cruz: la casa se viene abajo en una efectiva catástrofe que no tiene punto final -de hecho, ni la muerte terminaría con esta caída, si es que leemos alegóricamente Circunstancias de un hombre muerto, que significativamente cierra la sección, en que tan solo se traspasaría a otro la experiencia de la ruina, como una suerte de anatema. La catástrofe, dimensionada y modulada por el poeta, aparece como una serie de stasis, entradas de registro que resaltan la precariedad como condición de este mundo, uno que está hecho a la medida del que parece ser su habitante privilegiado: el hablante de Cruz, cuya carencia emocional es reflejada en la violencia seca y la reducción materialista de su entorno. En lo que concierne al hábitat de la casa, Cruz lleva al extremo (y esto a través de toda su obra previa) la vivencia de un mundo sin Dios, la “ironía” que define Lukacs como gran portada de la época moderna en su Teoría de la novela de 1920, el atributo de su “héroe problemático”.


* * *


He aquí por qué es tan consistente leer la segunda sección, La montaña es la montaña, con el antecedente ya reseñado. Si el registro del hablante en el mundo de su casa es carente y amargo -condenado por el carácter efímero de su vivir/habitar-, si su caída, su catástrofe-derrumbe vertical  se enlaza estrecha e íntimamente a las circunstancias de su espacio y el destino que le espera, entonces este hablante puede en otra desadecuación, otra desmesura, hallar la abundancia que lo propio no le brinda: un movimiento vertical voluntario, consciente y buscado, una anábasis.

La anábasis es, como tal, un camino hacia arriba, un ascenso, y como tal se asocia naturalmente a la declaración del hablante en el primer poema de la segunda sección: En época de invierno. Leemos:


Las cosas suelen regresar y ocupar su lugar en nuestras vidas.

Tanto la luz del sol como la oscuridad indistintamente se pelean mi corazón.

Por eso voy cada invierno por la montaña Guanaco.

En época de invierno, cada mañana el sol sale por la montaña Guanaco

y luego por la tarde se entra por el cordón del Tigre.

En otra vida, ¿pude dar cuenta de aquello?

Ni se te ocurra dejarlo pasar esta vez.


(p. 29)


El ascenso tiene que ver con una experiencia del tiempo absolutamente distinta de la temporalidad detenida de la casa, y su siempre inconclusa caída. Acá las cosas, como las emociones, regresan: es la garantía de una vida posible. 

En la historia literaria el término anábasis aparece como el título de la historia de la Expedición de los Diez Mil, realizada por el rey persa Ciro y ocurrida en 401 antes de nuestra era, y escrita por Jenofonte. La consideración de esta obra hace saltar un segundo contraste etimológico: el prefijo griego aná- no aparece solamente como ascenso, sino como una marcha tierra adentro, desde el mar hacia la montaña. En la literatura cristiana, se entendió después fácilmente como resurrección, en el sentido de la ascensión de Cristo (el término griego preciso del cual se tradujo la palabra latina es anastasis, nuevo surgimiento, que bien puede ser entendida como ana-stasis, puesta de una posición que se tuvo antes, pensando aná- en su sentido de repetición y stasis como posición, o puesta de pie, “posición erguida”).

Si este prefijo se plantea en un vocablo que se oponga a catástrofe: tenemos la anástrofe, que implica la inversión, el vuelco opuesto al camino “hacia adelante” (que se ocupa para designar la figura retórica de posición que consiste en modificar el orden sintáctico habitual), que incluso podríamos ampliar semánticamente en un vuelco hacia un reencuentro, lo recurrente de una experiencia, al pensar en aná- en otro de sus significados recurrentes en griego: la repetición.

Esta especulación etimológica sería vacía, si es que no explicitara tan claramente el contraste que subyace a las tomas de posición del poeta Cruz, indicando incluso, en los últimos versos del último poema citado, una clara conciencia de la separación entre poeta y hablante. El hablante, que no podrá tener otra vida que la que le deja la posición en el texto, deja pasar que la preocupación por la otra vida corresponde al poeta, quien es aludido de hecho en segunda persona, en una evidente inversión de las instancias de escritura, para que este no deje pasar esta vez su “dar cuenta”. 

¿Qué es lo que ha dejado pasar el poeta Cruz antes, que ahora sí tiene que asumir? Acaso precisamente la posibilidad de mostrar en su escritura la vía ascendente, la anábasis, tanto como la descendente: una poética que sea capaz de despegarse de la dimensión horizontal del suelo, y difumine el efecto irónico negativo y puramente destructivo. Las figuras que la hija presenta como propuestas de su patinaje en el poema de p. 31, son precisamente seres alados: 


Se acerca a la reja de la cancha y me dice: ¿Qué figura quieres que haga; el ángel, el cisne

(aunque ese me cuesta mucho)

o la paloma hacia atrás?

Me gusta el ángel, pero realiza lo que quieras mostrarme.

(...)

El día había estado nublado y frío,

de pronto una luz naranja rompió en la cordillera nevada que está sobre el valle.

(...)

Espera, espera, déjame realizar otro intento.

Claro, inténtalo toda la vida, ser un ángel o un cisne,

como esa luz que se apodera de la cima y la abandona todas las tardes, una y otra vez.


(p. 31)


Llama la atención la permanente atención, activa y ágil “hacia arriba” de la mirada, incluso forzando al lector a olvidar que sería más natural una mirada “hacia abajo” sobre la hija (paternal, en sentido propio), a través de la súbita aparición del sol sobre la cordillera (figura que nos hablaba de ese tiempo que recurre en En época de invierno). Pero ya vimos que la relación paterna se marcaba en el primer poema del libro con la imagen de la mirada insoportablemente irónica del tanque de combustible (una reserva quieta que permitía el movimiento “hacia adelante” del hablante), una imagen que bordeaba una risa atroz. La trizadura que mostraba esta ironía entre quien escribe y su reflejo en el texto, parece acá desaparecer, o aparecer como un momento en el ciclo siempre renovado de esa luz que se apodera de la cima y la abandona todas las tardes, una y otra vez. Incluso la pesada carga personal de la “casa que se viene abajo”, en el momento en que ya se ha venido abajo -indiscernible desde la cima y, por tanto, realmente inexistente para el hablante-, acaba con la consideración general y reflexiva de una ironía que salva una carga afirmativa en el poema Lento:


El sol que se marcha tras la Cordillera de la Costa no puede impedir todo esto  

y yo creo que le importa bien poco.


(p. 34)


No se puede obviar que resuena acá el todo esto del título. Que “no haya caso” con todo esto, problema central para el hablante de la primera sección, sabe presentarse como una conclusión propiamente natural para el poeta, que descentra absolutamente la dolorosa inquietud de su reflejo en la escritura (el double bind derridiano, que implica la aceptación afirmativa de una relación tesis-antítesis imposible de superar). Una actitud similar nos muestra el final de En concreto, que ejecuta una suerte de operación abstracta en que los signos “=” del primer poema del libro se despliegan de un modo absolutamente otro, al considerar las figuras del poeta británico Donald Davie, el padre del poeta, muerto dos días antes que aquel, y el propio poeta:


Está claro: no existe nada que ligue todo lo anterior.

Tres vidas movidas al unísono:

Davie, mi padre, y una conexión de cables bajo un volante.

(...)

Yo fijé en un punto la mirada,

los dos muertos del poema fijaron su mirada sobre mí.

No existe problema alguno, hemos sobrevivido al tiempo, al espacio y las apariencias.


(pp. 35-36)


Sobrevivir al tiempo, al espacio y las apariencias, precisamente afirma ahora, sin ironía en el plano formal, la recurrencia también de la existencia personal; y hay que notar que el lugar de ese “punto” en que se fija la mirada no está determinado en una posición específica. Como conviene a un punto netamente geométrico, ese punto no posee ni un lugar ni un ahora específicos. El problema de la situación del hablante ya no es ni siquiera central, se establece desde el lugar abstracto que “debe tener”, para evitar precisamente, toda determinación o definición. Saber mantener este problema abierto es, de otro modo, dar cuenta de la inevitable repetición de lo diferente, la imposibilidad de la fijeza de una definición, un sentido, que constituye el dar cuenta puesto como programa develado y expreso por el hablante en el poema En época de invierno bajo la figura del paso del sol a partir de la montaña Guanaco.     

La coda del libro, verdadero anticlímax, es Mis asuntos personales han regresado, que junto a ser formalmente una sección, me parece un poema evidentemente unitario. El hablante acá es despojado del “estilo”, para asumir una forma lo más directa posible, una en que el poeta pueda tener una correspondencia menos conflictiva, al menos no trizada, con su hablante. El resultado es que se pasa de “dar cuenta” a hacer cuentas. Se deja ver como una narrativa en que, en vez de buscar una determinación del hoy, se deja ver la inercia, la aparente ausencia de rendimientos reales de los años formativos. Si es que hay que desalojar el destino, hay que también desalojar la idea de un sentido, la posibilidad del camino de formación como una superación, una garantía de sentido. Cito a continuación la página inicial y la página final de este poema:


El año 87 

me encontró apoyado en una torre de alta tensión que pasaba por el block 8289

de Cerro Navia.


(p. 43)


El año 96

me encontró apoyado 

en las murallas de la biblioteca pública.


(p. 57)


El lapso entre los 14 y los 23 años de edad nos fuerza, querámoslo o no, a consultar la edad del autor en la portadilla (que se sobrepone fácilmente con estos dos textos, al estar ambos en la página impar, es decir, a la derecha). El poeta se pone en el primer plano de la lectura, entonces, explicitando que acá no se trata ni de ficción ni de aparatos estilísticos que “dejen en libertad” a su hablante. Este “yo” está enmarcado por el problema.


... ahí empezaron los problemas [referido a la llegada a la casa de la abuela paterna el 81, con una carta escrita por mi papá y un bolso de mano]


(p. 46)


... el problema era yo el año 85 y no lo sabía [el poeta en la puerta de mis padres, sin carta, sin bolso]


(p. 47)


... el año 90 había dejado de ser un problema

en la casa de mi abuela en la de mis padres [el poeta empieza a trabajar repartiendo sobres de un laboratorio fotográfico]


(p. 50)


Un problema se define como algo que demanda su solución. La serie de instancias que muestra el texto (los primeros trabajos precarios, las humillaciones clasistas, la acción de la dictadura, el terremoto del 85, etc.) estaría marcando los índices de la catástrofe-derrumbe, aquello que ha acontecido sobre el poeta y que parece haber determinado su lugar en el mundo. Esto plantearía de forma simple que, a la manera de una psicoterapia, el recorrido sobre estos momentos elucidaría “el problema” del hoy.

No obstante, dos textos de la serie marcan de inmediato la aparición del hablante y su trizadura con el autor. El primero, en página 53, se refiere a la humillación en el colegio del poeta:


A una profesora de castellano se le metió en la cabeza que yo iba a ser escritor

y en la sala de profesores me presentó el año 91:

“Aquí tienen al que algún día será nuestro gran escritor”.

Risas, desprecio.


Y el segundo, el penúltimo de la serie, nos devuelve a Imagen total, que abre el libro; se trata de la muerte del padre, que según vimos, ya funciona antes como conciencia del quiebre con la posibilidad de una escritura sobre sí mismo. Tras esa muerte -en el block 8289 sobre el que se apoya el cuerpo del poeta al inicio de la serie-, tras el perdón colectivo realizado por su familia, y al padre partiendo en su barca río abajo, el hablante, de manera transparente y aparentemente directa con aquel que escribe, dice:


Si hubiese sabido aquello de las dos monedas.

Pura intuición, una fortuita intuición.


(p. 56) 


La sobrevivencia traumática del padre surge de “no haberle cubierto los ojos”: mas ya sabemos que el padre padece ceguera. Es un luto que sabrá resonar en la ceguera del autor y la posibilidad de la escritura como una máquina de ver, una que funcionará como un tanque de combustible o el esquema fijo de igualdades: algo inmóvil que ofrece la posibilidad de movimiento, uno que tendrá la lógica luctuosa obvia de la repetición de una escena cerrada en sí misma. 

Lo inmóvil que permite moverse: es un nudo indiscernible, al fin de cuentas, plantado en la lógica de la escritura poética; la igualdad esquemática ya mencionada, se va a mantener haciendo que el “yo”, quien aparece en la escritura, escriba, y quien escribe no pueda verse escribiendo, sino inmóvil, apoyado sobre el lugar de la catástrofe (el block 8289) y al fin sobre el espacio en que su actividad como escritor puede tener un valor en cuanto labor (la biblioteca pública). Es una repetición eficiente. La igualdad va a estar siempre limitada por no poder entenderse, ni poder explicarse claramente, no poder verse: la escritura está en la vida de este poeta, precisamente porque es el poeta, no tiene otra definición sino la performance de su labor, solo es hallable en lo que el texto dice de él y desde él. Y, por otro lado, la performance de la vida misma queda como otra cosa, algo aparte y diferenciado absolutamente, la repetición en acción: la producción de una serie de imágenes en que el hablante (se) figura

Cruz no puede desde el texto resolver este problema, si bien se da cuenta de que el problema existe. Y con todo, decide resolver no resolver, dar el paso adelante hacia una indeterminación que permanezca ejerciendo la tensión que hace existir esta escritura como herida abierta. Lo que es puede darse en signo de igualdad (“=”), y con eso asumir la universalidad que busca el lector de poesía (hallar una autenticidad, un gesto que permita compartir el acontecer del hablante con el propio); y al mismo tiempo lo que acontece, puede acontecer en cualquier momento, porque el sol seguirá ocultándose y apareciendo, en una evidencia siempre constatable. Ambas cosas hacen que esta escritura pueda ser de todos y de nadie, y que más allá de reconocerse en el poeta chileno Cristian Cruz, el lector puede reconocerse en una escritura poética que puede y sabe administrar el olvido del autor: una circunstancia que al estar en suspenso, puede resonar fuera de su ámbito “propio” (en una “propiedad imposible”: no es casualidad el block, que es “vivienda social”, y la biblioteca, que es pública, que enmarcan la formación misma del “ser poeta”, la única raíz discernible de aquello que leemos en el libro, la escritura).

No hay caso con todo esto, es sin duda un libro coyuntural en la escritura de Cruz: explicita para quien sepa poner atención un ejercicio concentrado de reflexión sobre qué supone una ética poética, la posibilidad de que algo tan reiteradamente banalizado y fetichizado como “la poesía chilena” dé paso a ser efectivamente liberación de sentido, y no proyección del ego autoral, pretensión intelectualista o mero ejercicio de estilo. Lo importante es que también puede no abrir su sentido pleno, y presentarse sin conflictos para quien desee entrar sin inquietudes en su espacio interno. Acaso Cruz ha sabido ahora pasar de ser el ejemplo de un “poeta del interior” (geográfico) a uno de nuestros grandes poetas de lo Exterior, de la apertura de sentido, como lo fueron Gabriela Mistral, Humberto Díaz-Casanueva o Enrique Lihn. El doble juego de estas poéticas, que aún permite lecturas ingenuas o evidentes (lo natural, lo identitario, la expresión de emociones personales) y que, sin embargo, no pueden dejar de releerse (como si escondieran bajo velos la sombra de algo que hemos olvidado o algo que anuncia su llegada), es una garantía de sobrevivencia del Arte como conciencia del hacer.   


 

lunes, diciembre 01, 2025

LA PELÍCULA INSOMNE, de Jaime Pinos/Nicolás Sagredo: una luz artificial sobre la opacidad del arte

La poética de Jaime Pinos ya tiene un lugar marcado dentro de nuestro escenario literario. Digo escenario, y no escena, ya que el término tiene pleno sentido cuando se piensa en un espacio definido en que un drama se quiere decidir. Y ese drama, si bien no es nuevo, es urgente ahora: la disputa en pro de la resolución de un problema sobre el lugar en que un productor de textos puede instalarse ante una realidad que ya perdió toda transparencia, que se resiste a ser determinada por la palabra, cuando la demanda implícita del producto textual es hacer sentido, mantener la posibilidad de lectura hasta que no haya luz y se desdibuje el signo.

Por ello, no se trata de la luz natural acá. En este caso, se trata de la luz artificial, la luz del proyector de cine o mejor, de la pantalla televisiva. Una luz que es demasiada para nuestros ojos... demasiada para la poesía. Es una dimensión visual distinta, que por ser artificial, podría ser más propiamente nuestra, determinada para nuestros fines, más adecuada a nuestra humanidad, pero que una deriva técnica llevó a un límite inmedible, inadecuable. Por ello, Pinos no quiere -no puede- presentar una realidad, sino un espectáculo, con sus reglas correctas, con principio y fin, y con la absoluta conciencia de lo evanescente y fantasmagórico de su puesta en escena.

Por eso decía: escenario. La lucha consiste, justamente, en la disputa sobre cómo hacer que la poesía documente. Toda ingenuidad posible anterior -y me refiero incluso a la misma obra de Pinos- acá se aniquila, o mejor, se licúa. Pinos/Sagredo devuelven el problema adonde debía estar, donde sigue, no la consecución de un dilema lógico, sino la lucha por su posible solución real, al menos en la acción del espectador. Al pensar en la poesía chilena, es imposible no remontarse a una tradición pulsional de documentación, que ha forzado el lenguaje poético hasta sus límites: Pezoa Véliz, el Neruda del Canto General, De Rokha; y ampliando el género, Manuel Rojas y Carlos Droguett. Acaso hay que decirlo de un modo más específico, más políticamente decidido: ¿Cómo decir aquello que no le pasó a las clases medias educadas encargadas de escribir, hacer cultura? ¿Es posible asumir la carga de los hechos sin que el mismo sujeto que escribe termine siendo el reflejo de una cámara fría, un reportero que desde lejos solo puede reconstruir una escena?

La Película Insomne (Santiago: Ed. Aparte, 2024) nos arroja de cabeza sobre esta inquietud, al referenciar la producción de Hans Richter, Dreams that money can’t buy, de 1947, obra que ingenuamente se diría surrealista, pero que corresponde a un momento posterior al apogeo y la adscripción política de este movimiento vanguardista como un todo organizado. La película trata de un hombre que “accede” a ser artista -a partir de una voz en off que remite a la retórica de la oferta publicitaria-, pero que debe instalar este “Don” (e instalarse a sí mismo como productor) dentro de una sociedad capitalista moderna y sin horizontes de cambio, representada en el sombrío edificio en que vive e instala su “consulta”. Los sueños aquí se ponen al alcance de un comprador, y el productor de imágenes desarrolla visivamente estos a través de su “Don”. La violencia sobre lo poético, burocratizado, convertido en mercancía, es en alguna medida lo que debe preludiar al cuestionamiento que nuestro texto hace sobre la posibilidad de lugar del arte poético. El enmarque no puede sino ser la relación del sueño con la posibilidad de lo real. Lo que se nos despliega es la conciencia del productor de textos ante la resistencia simbólica de lo real. El productor alcanza apenas a deci(di)r su propio texto: el sueño consiste justamente en dejarse llevar por la deriva, el flujo cada vez más acelerado de imágenes espectaculares (lo que en la cinta de Richter parece reflejado en el ominoso final). ¿Pero si es que no hay sueño, sino insomnio? ¿Y si ya no se sabe si lo que se presenta es una íntima alucinación onírica, una fantasía maníaca o acaso lo absolutamente real, en el límite de lo que la misma percepción abarca?

Esta incerteza que difumina la percepción, al tiempo que la electriza, es una clave de lectura vital para La Película Insomne. La escena primordial aquí (no mostrada, sino que indicada) es la del poeta ante el flujo de imágenes: toda una dimensión espacial que ahora se expresa solo a través de un fugaz tiempo fluyente. Esta pantalla ha tomado a su cargo exclusivo aquella labor que define al poeta: la administración, la modulación del tiempo. Dado esto, su tarea se invierte: para “detener” el flujo acelerado -se entiende que para nosotros, para nuestro beneficio como espectadores-, debe rescatar la dimensión espacial, interrumpir, “cortar” (cut-up) para poder montar los fragmentos, en una labor en que su propia existencia como poeta debe entregarse como elemento sacrificial. Por esto, en sentido propio, no podemos hablar de La Película Insomne como un libro de poesía.

Lo que acabo de expresar no es una ocurrencia vana: el texto mismo lo está expresando desde el principio. Lo propiamente poético es un elemento más -y acaso no tan importante- dentro de lo que se expresa como un Ensayo film (con una especie de subtítulo: poems images & news), y que tiene escritor (no poeta) y director a Jaime Pinos, y como productor visual a Nicolás Sagredo. Este último puede considerarse como un co-autor del libro en pleno derecho. El texto mismo marca entre sus antecedentes tanto a productores de cine, como de diversas producciones artísticas, y es más, a un crítico de la posibilidad de las artes dentro de una sociedad espectacular, como Guy Debord. Resulta imposible no pensar en la tesis 190 de La société du spectacle:


El arte en su época de disolución, en tanto que movimiento negativo que busca la superación del arte en una sociedad histórica donde la historia no es aún vivida, es a la vez un arte del cambio y la expresión pura del cambio imposible. Más su exigencia es grandiosa, más su verdadera realización se encuentra más allá de sí mismo. Este arte es necesariamente de vanguardia, y no es. Su vanguardia es su desaparición.

Esta tesis conduce de manera inevitable a la comunicación de la teoría crítica en “su propio lenguaje... el lenguaje de la contradicción, que debe ser dialéctico en su forma como en su contenido... el estilo de la negación” (tesis 204). La negación debe ser asumida desde la raíz de la misma producción, en que la lógica sacrificial ayuda a producir lo inaudito, un objeto que trascienda, negando sin mediación, las formas anteriores de (re-)producción.

Por ello, la mirada del poeta -expresada efectivamente en poemas- es inefectiva, los poemas no abren horizonte de imaginación, sino que enuncian su clausura; la labor es derrotada de antemano, falaz al continuar en una labor que no puede conducir a nada, ante la reproducción autónoma del capital devenido espectáculo relevando toda reflexión personal. El enmarque del ensayo film -sueños mezclados con realidad- funciona como un triste consuelo: este es más bien un desahogo personal, el desahogo de un esclavo.

Digo esclavo para releer una dimensión antigua: la visión que puede tener el sirviente ante la cultura que emerge desde el ocio, depósito y misión que es exclusiva de aquel que lo domina. De aquí el gesto bárbaro e iconoclasta -y no es casualidad que uno de los autores convocados sea Jean-Luc Godard- de acceder a los límites de lo que llamaríamos “cultura literaria” y “cultura visual”, pero que acá ya no quieren contener los sedimentos del contenido cultural, tras haber sido aplanadas por la fuerza del Flujo. Tan solo se enuncia -se indica- la existencia de estos sedimentos, como quien asume la comunión de una experiencia personal de lectura. De esto se trata el uso de la cita:


usar citas

acumularlas

hasta que florezcan


usar citas

frotarlas entre sí

hasta hacerlas resplandecer


De ahí la castración de esta poética, y su posible superación: los procedimientos que animaban históricamente al texto literario se retiran, para dejar las palabras como índice, cuya disposición interna genere la temporalidad nueva del acto de lectura. Un acto de lectura distinto e inaudito.

La dimensión visiva debe presentarse para reponer esa fuerza perdida. La melancolía del poeta -su insomnio- en su negatividad, afirma la nueva posibilidad de lectura -solo tal en sentido de analogía con la lectura de la poesía. Pero su inmovilidad es paradójicamente garantía de interrupción del flujo; la tara del autor que no escribe, sino que vela, genera la interrupción, una que es activa y actuante, en su ansiedad -su pulsión-, de testimonio. Ya no la poética como mediación entre el autor y su producción, sino que algo análogo a la poética, en que el mismo sujeto es solo en su producción, en su participación -humilde, intrusiva, y por lo mismo irrespetuosa- en el gran flujo de imágenes del escenario poético, también ya subsumido en lógicas espectaculares, impotente como herramienta de cambio social.

Pinos lleva a su extremo fatídico acá a lo testimonial. La crítica termina cayendo sobre la forma misma, y lo exterior -lo propiamente social- acaba siendo un momento de esta crítica. Aquí está el flanco abierto para la crítica más seria y profunda que se le puede hacer a La Película Insomne: resultan acá equidistantes, por ejemplo, las expresiones del arte contemporáneo internacional en su primera línea de experimentación, con las experiencias sociales de emancipación popular en el Chile de los 60 y 70, como no puede dejar de suceder cuando entendemos el distanciamiento del productor hacia sus fuentes, la mediación de la pantalla en su experiencia del mundo; como objeto artístico, de manera correspondiente, el ensayo film debe aspirar a formar parte del gran flujo de imágenes para ser visto y comprendido. Esto implica además la demanda sobre el lector de comprender y saber interpretar los sedimentos de la cultura visual, la historia de la crítica cultural, etc., lo que no puede sino limitar al lector que este texto desea.

Con todo, el gesto es valiente. El valor de reconocer que los días de la literatura y las artes como oficios, ya están de algún modo cancelados, y el aporte de procedimientos técnicos visuales y de montaje, son hechos de extrema importancia para los nuevos horizontes expresivos que demanda nuestro mundo en plena aceleración.


 

Un intelectual ante la Crisis política: presentación de LA CONTRACORRIENTE, de Guillermo Atías. (Santiago: Ed. Malamadre, 2025.)

En enero de 1958, en el marco del célebre Encuentro de Escritores efectuado en la Universidad de Concepción, Guillermo Atías, quien tres años antes publicara su primera novela El tiempo banal (premio del concurso de 1954 del Sindicato de Escritores), presenta un breve ensayo llamado La literatura como lujo, que posteriormente ocupa el primer lugar en la compilación dedicada a la narrativa en la revista Atenea que cubre el evento. Allí plantea:


Jamás la humanidad ha sido sometida como en este tiempo a más extremas pruebas, jamás se ha jugado con el hombre como ahora. Junto a ello, conspira una poderosa ciencia que ha dejado al individuo en el umbral del vacío, que ha declarado la quiebra de todo equilibrio. El artista, siempre anhelante de una forma, porque esto es arte, encuentra que su mano tacta el caos que lo rodea, como si hubiese sido violentamente arrastrado a un universo precolombino y se remite por último a lo único que le queda como creador honrado, esto es, a representar este caos en su obra.

El resultado es que poseemos una estética de la crisis que ha elaborado sus propias penosas leyes y que será el testimonio de nuestra época. Es una estética engendrada en el seno de la razón ¿pero podrá llamarla alguien alguna vez la “estética de la razón”? Creemos que esto es imposible.

(...)

Al pasar la marca señalada por el romanticismo, lo que podríamos llamar la “segunda caída” para usar un término de la literatura teológica en boga, la creación artística se torna confusa e inestable, a medida que progresa en su ambicioso plan de explicar al hombre en su totalidad. No podía ocurrir de otra manera si tomamos en cuenta el frágil cimiento que había buscado para radicar su trabajo, el espíritu del hombre.

(Atenea, año 35, tomo 131: nº 380-381, abril/septiembre de 1958; p. 51, 52.)


Creo que comenzar hablando de esta “estética de la crisis” es un buen modo de explicar qué es lo que resuena de fondo en La Contracorriente, novela póstuma (en su edición castellana) del escritor muerto en el exilio el año 1979, y la extrema dificultad que tuvo la crítica literaria chilena para “ubicar” a Guillermo Atías dentro de algún esquema. Es claro, tanto su primera novela como A la sombra de los días del 65, y esta de que hablamos, cruzan el tema político, y pueden y han sido leídas como testimonio histórico de las corrientes que subyacen a los procesos sociales que alzan a la generación del 38 (que surge a la conciencia con el Frente Popular) hacia el grado más alto de movilización y compromiso en los tres años de la Unidad Popular. Dado el caso, sumado a su inclusión en la célebre Antología del Verdadero Cuento en Chile, publicada el año 1938, hizo caer de cajón que Atías es absoluto representante de la Generación Literaria del 38, la que de acuerdo a Fernando Alegría:


... posee ciertos rasgos que la individualizan nítidamente: por ejemplo, la importancia que asigna a la función social del escritor, su esfuerzo por caracterizar al chileno dentro de un complejo de circunstancias históricas que lo relacionan íntimamente con el destino del mundo contemporáneo, su preocupación por incorporar a la literatura zonas de nuestra sociedad hasta entonces ignoradas por los escritores criollistas y, en fin, un interés, que a menudo asume caracteres de obsesión, por dar categoría literaria a las luchas de emancipación política y económica de las clases trabajadoras. 

(Literatura chilena del siglo XX, Santiago: Zig-Zag, 1962; p. 80.)


Y bien, de acuerdo, esta novela sí tiene a un escritor como protagonista, más bien, a un periodista que escribió de joven un libro del que se arrepiente, y está obsesionado hasta patológicamente con un compromiso social y político antes, de hecho, de que los hechos mismos lo empujen violenta y compulsivamente a “hacer” “algo”. El libro habla sobre Chile, en torno a hechos políticos e históricos. Pero con respecto al resto de la caracterización no se puede afirmar nada tan nítidamente. El protagonista, quien nos da la perspectiva de lo que acontece, es un extranjero que reúne todas las características de un intelectual pequeño-burgués (como buena parte de los personajes centrales de sus otras novelas), cuya crítica al proceso chileno pasa desde la incomprensión hasta una amarga ironía que deja paso a la risa desesperada (un rire batailliano), y más notorio aun, el libro prácticamente no se refiere al 38, sino de la superación “dialéctica” del FP, la UP. Siendo claramente una novela comprometida, mantiene cierta melancólica distancia íntima no solo con el acontecer político, sino que además una remota lejanía de kilómetros con respecto al andamiaje verbal que debería sostener la lectura, la táctica y la estrategia del Gobierno Popular. La lectura de El tiempo banal, de 1955, y de A la sombra de los días, de 1965, confirma lo que se puede sospechar: Atías no es encasillable en absoluto a una -supuesta- generación del 38. No por eso deja de responder a su momento, lo que yo llamaría la “Novela de los 50”, conformada por generaciones que se plantean un doble programa: el hacer a la literatura consciente de la historia efectiva, en el sentido de develar los mitos suprahistóricos de una “esencia” nacional marcada por la naturaleza y “tipos” ejemplares -el campesino, el provinciano, el héroe y la heroína románticos, etc.; el “criollismo”, en resumen- y por otro lado sondear la interioridad psicológica del individuo, proponiendo lecturas que supieran desmarcarlo de sus determinaciones sociales e históricas. En este sentido, se puede acercar a Atías no solo a los autores más obviamente comprometidos de su generación (y en este sentido de generación hablo de los nacidos con el siglo hasta los nacidos en la década del 20), sino que también a Edwards o Giaconi, por su acento en un paroxismo ante el mundo, esa alienación que Sartre denominó como “náusea”, e incluso a Lafourcade, en su reiterado énfasis sobre lo pulsional como instancia de quiebre que revela la “verdad” de los sujetos. 

En la página 33 de esta novela, el protagonista está ante el temperamental editor que le encarga la “misión” en Chile, un aficionado a ideas fijas, que por otro lado se revelan caprichosas y cambiantes:

  

Explicaba que en la hora actual se creaba una exigencia apremiante a la literatura que esta debía cumplir sin falta, su reinserción en la realidad. Y la realidad de hoy estaba expresada, según él, en las transformaciones sociales mucho más que en las motivaciones psicológicas que han servido de pasto a nuestros literatos casi invariablemente. En consecuencia las obras deseables para Pellegrini debían obligadamente tratar las conflictivas situaciones políticas y sociales del momento. Una novela sobre la guerrilla interesaba mucho más que el drama de un marido engañado, existencialista o no, nos decía con mucha seriedad.

(La Contracorriente, Santiago: Ed. Malamadre, 2025.)


El que el texto de La Contracorriente pueda verse de algún modo como ese registro encargado, obliga a leer esta cita y la novela completa, con sospecha: precisamente si consideramos esa “reinserción en la realidad” y el menosprecio de lo psicológico como mera efusión discursiva, estrategia editorial o como... “ideología”. Dado que probablemente no sea lo “absolutamente real” lo que es sometido aquí a la mirada crítica.

En El tiempo banal y A la sombra de los días, de hecho, ocurre exactamente del mismo modo. Lo que la crítica literaria vio como testimonio histórico y social bien puede considerarse más bien como el telón de fondo sobre el que vemos la inscripción de ciertos “estados de ánimo” cuyo foco siempre es la aparente ausencia de un verdadero contenido y sentido en la acción, y no basta plantear de manera sencilla que se trata de “el estado de ánimo post-Frente Popular”. Más bien se trata de un proceso más general, al modo en que el mismo Atías relata en el artículo que citaba al principio.

Esta falta de contenido y sentido parece fundarse en una decidida tendencia a la dispersión, una que nace de la voluntad de los mismos sujetos. Los personajes centrales en la novelística de Atías tienden a quedar solos asumiéndose más dueños de sí, más definidos en sí mismos al evadir la compañía, así como es reiterada una extrema molestia cuando tenemos una perspectiva subjetiva dentro de reuniones sociales. Desde el solitario poeta y profesor Alberto de El tiempo banal, que abre la novela con un largo paseo que acaba en la noche en que se revela la inadecuación total con Cora que no puede sino impedir el encuentro sexual, pasando por los cavilantes Mauricio y Lambert de A la sombra de los días, ambos cargando su respectiva y profunda frustración con un compromiso social e histórico que les resulta ya imposible, estos seres se han aislado voluntariamente de una manera radical, quedando de cara a otra serie de personajes cuya compulsión a comprometerse, reunirse, resulta esencial. Así, el alto y bajo mundo en la primera novela (el latifundista-financista Fernando con la meta fija en jugar polo, o el Chano, que llega hasta el crimen con un propósito ambiguo que parece ir mucho más allá de solo ganar dinero, casi un ansia de reconocimiento, diríamos), o los campesinos que al tirar la piedra que cae a los pies de Alberto le revelan a este el lugar radicalmente equivocado que constituye para él la casa patronal; y en la segunda novela, el personaje de Sara, quien desde el movimiento nacista hasta el Partido Socialista se nos revela entre reuniones, o los militantes que aún muestran la fe en el movimiento obrero ante el desilusionado burócrata en que se ha convertido Mauricio Gálvez o el dirigente del sindicato de carteros, precisamente un marido engañado que bien puede verse como existencialista y no parece comprender de fondo los mecanismos de la huelga y la movilización. 

El profesor Alberto, su colega Lambert y el burócrata Gálvez tienen efectivamente mucho en común con nuestro periodista uruguayo. Dicho en simple: se trata de pequeño-burgueses. Su hábito reflexivo es aquello que mejor les define dentro de su conciencia, y su posición social está determinada por constituir una suerte de negación de cualquier hábito productivo material. Esta marcada alienación, de cuya conciencia todos ellos se sienten víctimas, les da el paradójico don de ser buenos testigos de estos “estados de ánimo”, pero ¿más allá de ahí? ¿Más allá de estos estados de ánimo?

Cito de nuevo la primera novela, el instante en que el profesor y poeta Alberto se desplaza al fundo en que tendría que dar clases a la hija del burgués Fernando:


Ese tren corría por una estrecha ladera de América del Sur. Iba montado en un tren a vapor, a las 8 de la mañana, por parajes que resultaban casi irreales. Era su patria. Apreció en esa oportunidad la pequeña y lejana parte que era su país en relación con los demás. Resultaba difícil creer que en estas lejanas regiones que eran en propiedad, exóticas, donde era de esperar una vida enteramente natural, incluso pintoresca, ocurriese todo lo contrario. Sin ir más lejos, él era un neurótico comparable a cualquier personaje urbano de las ciudades europeas. Y su pueblo, sus compatriotas, a quienes tal vez, los extranjeros considerarían entregados al goce de una naturaleza exuberante, en un continente “recién creado”, debían llevar una vida miserable, como los pobres de la tierra. 

(El tiempo banal, Santiago: Nascimento, 1955; p. 157.)


Este personaje, que en otra parte se nos dice “creía ser un materialista dialéctico, pero había una contradicción insuperable entre su existencia y su pensamiento” (p. 47), forma tan solo una parte (y relativamente menor) del amplio fresco social que nos muestra la novela, pero él es aquel que experimenta y nos comunica la inquietud de ese mundo en que nada parece desear conmoverse, el “tiempo banal” de la “ciudad querida” de Santiago, según nos indica el autor en la dedicatoria. Si bien se puede identificar varios personajes con “arcos” narrativos de importancia -el cartero proletario y el financista burgués-, el de Alberto es aquel que precisamente representa un intento de proceso de conciencia de clase, uno que no puede dejar de llegar al tope de la frustración al ver como silenciosos y extraños, fantasmagóricos casi, a la comunidad campesina, aquellos que él mismo “había amado el año 1938” cuando iniciaron su proceso de sindicalización (vale decir, de “hallar su voz”).

Nuestro periodista uruguayo, quince años después del piedrazo que parece condenar a Alberto, está viviendo en una nueva etapa de la historia, aquella que concebía la lucha política como una labor mucho más crítica y amplia geográficamente, y que se ha visto obligada a profundizar y complejizar su discurso político, a reconocer las tensiones entre diversas posiciones ante la organización social y la toma del poder, y hasta reconocer la concurrencia histórica (confluencia de corrientes, al tiempo que “competencia”) de diferentes sujetos históricos revolucionarios. Basta revisar la revista Plan, dirigida por Atías entre 1965 y 1973, para darse cuenta de esta proliferación intelectual, cuya agitada dinámica parece ser un efectivo barómetro que parece indicar la inminencia de una situación revolucionaria en el plano internacional (y nacional), que no puede sino empujar a tomas de posición definidas y bien estructuradas, dicho de otro modo, afinar los conceptos con que se piensa lo social y lo político. 

Una de las secciones fijas de Plan es la entrevista a diversas personalidades de la izquierda, incluyendo dentro de estas al sector rebelde de la DC, antes y durante el quiebre de este partido. Atías ya conoce este “efecto Babel” entonces, dos años antes del ascenso de Allende al ejecutivo, en que el debate va convirtiéndose en una verdadera filigrana de sutilezas conceptuales. Es con esto con lo que se encuentra nuestro periodista, una nación politizada en extremo, con una obsesión por la definición precisa de las tomas de posición, ante la posibilidad del “parto sin dolor” como define el alcance del socialismo mediante medios legales. En este sentido, buena parte del programa de la novela se nos aparece en la página 49:


Quedaba por saber si en el campo de la izquierda esa obsesión se traducía en trabajo y eficacia o si era una especie de manía verbalista. ¿Y si esa eficacia corría mejor por cuenta de los otros? 

(La Contracorriente, p. 49.)


La novela se desarrolla, entonces, entre estas dos corrientes opuestas: el debate incesante de la izquierda sobre cómo enfrentarse contra la eficaz insurrección de la burguesía, que desde el inicio de la novela va marcando su marcha con precisión fatídica y planificada. No se trata de la lucha entre entidades abstractas, sino que de una oposición incesante entre discurso y acción, imbricada en una realidad que no puede ser alcanzada ni informada por las palabras de manera eficiente. Atías no escatima la ironía, al relatar los momentos posteriores a un incidente de provocación en un restaurante:


Cometió el error de añadir que a esa hora era imposible hacer algo pues todo el mundo estaba almorzando. Marta no terminó de escucharlo, me cogió de un brazo y me llevó hasta la calle. Iba murmurando que la derecha podía dar cómodamente un golpe de Estado, siempre que fuera a la hora de almuerzo. 

(La Contracorriente, p. 55-56.)


Y en lo que parece una ironía aun más marcada, su entrevista con el escritor Francisco Lagos, cuya decidida y hasta descuadrada fe en el éxito del proceso y la vía correcta de la Unidad Popular, contra las posiciones de los gochistas, culmina con citar un párrafo de las obras completas de Lenin para dar fuerza a sus dichos, mientras “su mujer y yo lo escuchamos con inquietud”; digo que es una ironía marcada, porque bien se puede suponer que se trata del mismo Atías, colocándose en el rol de un escritor comprometido ideal, si bien su descripción calza mejor con su propia figura, aún frescas las polémicas originadas por su ensayo Después de Guevara, de 1967), un 


(...) novelista del PC a quien me habían presentado en la Sociedad de Escritores. Ofrecía la ventaja de ser un hombre que hacía pasar retóricas marxistas por filtros más finos y personales, lo que me atraía para conocer otros matices del “caso” chileno. Según me enteré esas desenvolturas del escritor le procuraban ojerizas y desconfianzas en los círculos más duros de la izquierda, completamente injustificadas a mi juicio. 

(La Contracorriente, p. 57.)


Como vemos, el uso intensivo de la ironía -en su manifestación novelística la “mística negativa de una época sin Dios” según Lukacs la define en su Teoría de la novela, de 1920- confirma la sospecha con que debemos leer el “registro transparente”, meramente documental, que uno quisiera ver en La Contracorriente. De hecho, nuestro periodista uruguayo nunca tiene la fe de Francisco Lagos. Su contacto con las clases trabajadoras, dentro de esta novela, se remite, en primer lugar, a la visita a la Fábrica estatizada Ex-Yarur junto a una delegación de artistas e intelectuales, en que no puede dejar de plantear críticas directas y amargas sobre el nombre mismo (“Ex-Yarur”) y la decisión de sepultar la estatua del fundador en el subsuelo en vez de destruirla. Ni hablar del segundo momento, en que es expulsado de una fábrica ocupada en el sector industrial de Santa Rosa por unos obreros el día del golpe sin que él pueda darles a entender que es “uno de los suyos”. 


¿Pero por qué? –manifesté, ustedes me excluyen sin razón, toda mi vida he estado junto a ustedes, junto a la clase obrera. Yo quiero luchar aquí ahora, tengo derecho, es todo lo que puedo hacer todavía. 

(La Contracorriente, p. 301.)


Sin embargo, su compromiso político tiene un definido límite íntimo. Tras una inquietante conversación con Joan Garcés en que se deja ver el difícil e inquietante alcance de la violencia de la derecha, nuestro personaje se acerca a un bar cerca del local de la Sociedad de Escritores (institución que el mismo Atías presidiera, lo que hace pensar en un efectivo recuerdo personal), en donde se entrega a beber, para que advenga sobre él “la isla”, el momento en que puede estar efectivamente solitario, de cara a sí mismo.


Veía a los concurrentes del bar “Andes” como trazos móviles, como colores cambiantes y yo mismo era uno de esos colores. No era la bebida –apenas había probado el vaso– era la fuerza cinética del ambiente desde que yo eligiera el reposo. Viejos hábitos de espectador incurable. Y ya veía asomarse mi isla, en estos descansos, en mi ruta, siempre venía. Aparecía como un punto borroso desde algún horizonte e iba creciendo y avanzando lentamente, adquiriendo una consistencia de color espeso verde-oscuro. Hasta que llegaba a envolverme y penetrarme pausadamente con sus contornos blandos, cubriéndome por entero. Ahí se detenía, se instalaba en mí, yo era mi isla.

Inclinaciones a la evasión, opinaría un psiquiatra puntual, políticamente sospechosas. La idea de la isla, un agudo deseo de rechazo al medio. Caso absolutamente dudoso, en observación. Pero me defiendo de esos maniqueísmos profesionales. Los míos son deliberados repliegues dentro de mi “yo”. ¿O no poseo “yo” acaso? Muy lejos de la náusea sartreana. Yo no salía asqueado del mundo a continuación de estos ejercicios inocentes, de la naturaleza de los baños de vapor, de los saunas calurosos o de unas sencillas pasadas por un gimnasio. Sí, ejercicios, gimnasias, saunas psíquicos y nada más. 

(La Contracorriente, p. 107.)


En este plano, cabe citar la escena en que nuestro protagonista se entrega a una carcajada irrefrenable, en el instante en que presencia un debate político “de profundidad” entre jóvenes periodistas, en que a falta de una propia explicación, este explica que “tal vez esa era una manera mía de expresar mis dudas más profundas” (p. 238), y les dice:


Al oírlos a ustedes, al apreciar esas encarnizadas diferencias de apreciación política entre uno y otro, vi el panorama de toda la izquierda chilena, entregada a una suerte de guerra bizantina, como si se tiraran los libros por la cabeza. Esta última imagen, esa “guerrilla”, la de los libros lanzados por el aire, provocó exactamente mi reacción. Yo les ruego que me perdonen, terminé diciéndoles.

¿Y todo eso le parece irresistiblemente chistoso?- insistió el muchacho con su lógica abrumadora. No, no me parece tan chistoso, debo reconocer, y fue un buen remedio porque me mantuve silencioso el resto de la cena. 

(La Contracorriente, p. 238.)


La escena me parece más interesante aun, pensando que es aquí donde aparece precisamente la conciencia política de la generación posterior a la del 38, con menos experiencia en los desarrollos históricos anteriores, y por tanto, más entregados a una visión “teórico-crítica”. 

Nuestro periodista inevitablemente caerá en la conciencia de su deber de defender la revolución, así que lo vemos en la página 221 “enfrentando” el paro de camioneros. 


Yo permanecía la mayor parte del día en casa de Florencia donde continuaba alojándome para acompañarla. Había montado una especie de “estado mayor” personal con toda clase de periódicos y revistas, la radio y la TV manejadas al minuto para darme una idea global bien precisa de lo acontecido afuera. ¿Qué más podía hacer? Era un poco irrisoria esa “ayuda” mía en defensa del gobierno, muy distinta por cierto a lo posiblemente imaginado por mis amigos de Argentina, sobre todo por Pellegrini. Con seguridad ellos me creerían mezclado a las grandes batallas libradas aquí, como lo hacían creer las informaciones remitidas al exterior, especialmente por una agencia de Alemania Federal que había divulgado sospechosamente por todo el mundo ya el estallido de encuentros callejeros entre soldados e izquierdistas, con muertos y todo.

(La Contracorriente)


Por ello, resuena tan dramáticamente el párrafo que indica su lugar en el día del Golpe:


¿Qué iba a hacer yo? Nunca como ahora me sentí más un extraño en medio de una ciudad que me ignoraba por completo. No pasaba yo de ser una invención caprichosa de Marta que me había abierto esa puerta misteriosa de los chilenos. Pero ahora en los momentos decisivos no tenía un lugar, cada cual tomaba su sitio en el combate o se preparaba para resistir en alguna parte. ¿A quién iba a ofrecerme, a quién iba a convencer que esa batalla recién comenzada era también la mía? 

(La Contracorriente, pp. 299-300)


Por ello, la semilla, última palabra de la novela como tal, solo pude resonar para nosotros los lectores, después del párrafo lapidario:


La palabra FIN, ahora mucho más grande, con una luminosidad instalada sobre esas cabezas de chilenos, mezclada al mobiliario lujoso de la embajada, empecé a presentirla, propiamente a verla con nitidez. Vibraba esa breve palabra como en el cine de antaño, pero para mí era inconfundible. Fin de la Unidad Popular, fin de esta revolución chilena, fin de Salvador Allende.

(La Contracorriente, p. 304.)


Lo taxativo, lo seco del tono, nos indica que el fin de la novela es el fin del proceso: el proceso frustrado del movimiento hacia el socialismo, pero también el proceso frustrado de conciencia del mismo protagonista. En este sentido, comparte el destino del resto de los intelectuales atianos de la que podemos bien considerar una trilogía, y acaso sumando a estos intelectuales al mismo Atías, dadas las tres líneas finales que datan el escrito dentro de su periplo del exilio.


París, julio de 1974

Sagone (Córcega), noviembre de 1974

México DF., febrero de 1976

(La Contracorriente, p. 304.)


¿Se trata de un derrotismo, acaso? Yo propondría una mirada más precisa. Si consideramos la Generación del 38 en su plenitud, aquella que se crea como conciencia intelectual y política (pensando que gran parte de los dirigentes políticos de la época, incluyendo al propio presidente Allende, pertenecen a ella), Atías se plantea ya no como representante, sino que como un intelectual crítico a los hábitos y actitudes de esta generación de 1938, así como lo fue, de manera directa, a las posiciones de los partidos políticos de la izquierda en su ensayo Después de Guevara. Se trata de una aplastante puesta en cuestión del concepto de compromiso político transparente y totalizante del intelectual que marcó nuestro siglo XX, así como de la consecuente dispersión de las tomas de posición bajo la espada de la ininterrumpida definición dialéctica. 

Atías parece entender el alcance de la acción crítica del intelectual, como el que debe abrir el horizonte del cambio social sabiendo apuntar a la posibilidad de estagnación de los procesos por el sectarismo, el romanticismo revolucionario del heroísmo personal o la incapacidad de reconocer la acción efectiva y creativa de las clases trabajadoras. Las novelas de Atías tratan entonces, a mi modo de ver, en cómo al intelectual le corresponde hacer que su acción sea definitivamente asimilada y superada en un proceso que haga surgir lo nuevo, aquello que ya no corresponde a su formulación crítica, sino a la transformación real requerida, a proponer la literatura como parte de esa semilla, extraída significativamente del discurso final de Allende. El intelectual aquí es el “héroe problemático” reseñado por Lukacs en su Teoría de la novela, de 1920, que reconoce estar más cerca de las fuentes de “las ideas del ser” que el mundo que lo rodea; un testigo que deja su testimonio porque sabe que debe desaparecer cuando cumpla su rol, que en la página en blanco tras la palabra Fin no solo no existe, sino que no tiene razón para seguir existiendo. 

La Contracorriente, entonces, no está acá simplemente para dar un testimonio histórico ni para entregarnos ejemplos de heroísmo de aquellos que son como nosotros, reflexivos lectores de novelas. Está, creo, conscientemente representando la necesidad absoluta de comprender que la fluidez de los procesos sociales y políticos va más allá de cualquier esquema ideológico, y que la acción y función del intelectual debe consistir en abrir horizontes críticos y desafiar la separación entre lo que nos rodea y ese mundo de conceptos ideológicos, cada vez más similar al eterno “mundo de las ideas”, cuya raigambre está en un mundo que separaba consecuentemente el pensar del actuar: la sociedad esclavista. Texto indispensable, creo, para comprender nuestro pasado inmediato (las ilusiones poéticas tras nuestro intento constitucional, por ejemplo) o nuestro futuro, nunca escrito y siempre abierto, incluso para una nueva insurrección de la burguesía, una nueva contracorriente.