miércoles, octubre 28, 2026

La revelación de lo que está frente a los ojos

No es extraño que cuando nos toca pensar o hablar sobre el arte, a falta de una definición unívoca, recurramos sin siquiera considerarlo a la noción de una práctica o ámbito que se encuentra envuelto aun en el aura de un viejo resabio religioso, vale decir, algo al otro lado de la vida. Por lo general, no nos damos cuenta siquiera cuando hacemos esta caracterización inconsciente.

Por eso corresponde elevar la labor de quienes se dedican a cuidar -curar- no solo las obras o la práctica artística, sino que la relación misma del arte con el mundo de siempre, este mundo, como testimonia Palabra escondida (Talca: Simbiótika, 2026), el libro que reúne veintidós años (de 2003 a 2025) de trabajos críticos y reflexivos de Ricardo Loebell, escritor, académico, traductor y curador, en fin, un habitante consciente y ocupado en los más diversos ámbitos de la palabra y la representación visual. Lo escondido del título, pareciera indicar precisamente las características “ocultas” del material que incluye el libro, es decir, el haber sido publicado para programas, exposiciones, seminarios y otros contextos artísticos y académicos, que se asumen por lo general como textos absolutamente dependientes de la coyuntura en que deben aparecer, por lo que no parecen reclamar su publicación. No obstante, Palabra escondida sabe demostrar lo indispensable de su aparición, en el entorno y el momento en que tiene algo que decir.

No hay escondite más ingenioso que la simple vista. Y de algún modo, esta palabra escondida de Loebell nos lleva a prestar atención a algo que en general nos pica la oreja como rumor: la forma particular de hablar que tiene el arte con respecto a aquello que lo rodea -llamémosle, por ahora, la vida. En su búsqueda del límite de su capacidad de mensaje, la obra de arte roza el discurso para encender el intersticio desde donde empezar a comprender el sentido de las formas. El trabajo del pensador estético, nos susurra este libro, es precisamente hacer de ese roce una presencia efectiva de discurso -y en cuanto en gran medida se refiere a curatorías, una presencia actuante del discurso, que acompaña el presentarse de la obra misma. 

La revelación de una palabra escondida, no puede sino llevarnos a la idea de la investigación y el pensamiento como procesos de ilustración o iluminación. Ante la multitud de modalidades posibles en estos términos -echar luz sobre algo (explicarlo, mostrarlo), hacer despertar, llegar a una conciencia plena-, me parece fundamental que Loebell realice la operación de humildad de reiterar varias veces la imposible univocidad de esta operación, al acentuar la etimología de la palabra griega ἀλήθεια, verdad, como la operación de retirar un velo. Esta no es la única vez que a lo largo del libro llegamos a una noción más compleja de un concepto a través de su etimología, con lo que, tal como en este caso, quedamos en buen pie para abrir el horizonte de conceptos más allá de la esperable operación racional de una simple adequatio de la mente y el concepto. En el texto que da inicio al libro, nos recuerda:


       

Juan Rulfo consideraba que la realidad tiene límites propios que la mantienen alejada de una cierta sistematización. En ese sentido, la ficción nos puede acercar a la vida desde la fuerza de la imaginación y la invención. En esa misma línea, la Enciclopedia que había sido para mí una maqueta del universo, con Borges la releí como una fuente para el arte y la ficción.

(p. 12)


No es casual entonces el acento permanente en la poesía, como algo que es capaz de estar más allá de “la hermosa trampa del devenir ilustrado” (p. 9). Loebell sabe bien que la herramienta que está utilizando -el discurso- solo puede aproximarse a las formas expresivas diversas que aborda: la pintura, la fotografía, el grabado, la instalación. Esta limitación da un espacio de libertad en que las palabras pueden “dejar de apoyarse”, y por ende perder gravedad, saber entregarse al juego insistente de asociaciones y combinaciones que puede analogar la dura parquedad del concepto con la locuacidad casi inmediata de las formas visuales. La paradoja es palpable, y tiene sus rendimientos: se presta una voz a las formas que estas ya han revelado tener, solo que no estaba modulada. El curador desea ser un intérprete que debe estar consciente de su límite: el poder mostrar algo que estaba oculto hasta que dan los pasos, ya que hay un umbral no atravesable:


Pensar el universo requiere ubicuidad espiritual de microcosmos a macrocosmos. Esto proviene de una antigua ilusión mítica. La presencia del ser humano hic et nunc parece que correspondiera a una dimensión sagrada. Si la imagen fotográfica desprendió al ser humano de su unicidad en espacio y tiempo, el artista intenta recuperar el origen, tras huellas inasibles y encauzarse en la corriente aurática del flujo vital.

(p. 57) 


O más bien, que es el artista el llamado a atravesar: y esto toma mayor valor cuando la cita anterior es tomada en el contexto del advenimiento del píxel. La operación propiamente humana de reconocer esa vitalidad, contrastándola con un tiempo que -aparentemente- desplaza esa dimensión orgánica y aurática, resulta esencial, cuando el arte es aquel recurso que puede saltar más allá de lo meramente informativo. Así veo, por ejemplo, el acercamiento a temas como una posible historia emocional del país, que llevan a reconocer los rasgos de las culturas indígenas, la microhistoria como reserva de significados y referentes que no logran enunciarse en la Gran Historia, o la relación con la propia tierra. Este último tema aparece especialmente relevado a través de los textos, particularmente en los centrados en los trabajos visuales de Hernán Cruz y Eduardo Pérez Tobar, así como en la insistencia sobre el huemul mistraliano como signo desplazado de lo nacional.

Este signo desplazado es otra característica interesante. No se trata solo del acento puesto en figuras que vivieron el desplazamiento feroz del exilio -como Rose Ausländer, o los chilenos Fernando Torm, Augusto D’Halmar o Rosamel del Valle-, sino que el desplazamiento en general que produce en Loebell un pensador estético con conciencia de situación: buena parte de los textos se refieren a actividades que tienen lugar en la provincia, y son contados entre ellos los que se refieren a figuras que ocupan o han ocupado el primer plano en la cultura nacional. Él mismo, en algún sentido, subraya su condición de haberse educado en ese desplazamiento -testimonio inevitable, dada la cualidad vital de su mirada estética, que no teme verse personalmente afectada-, y el mismo libro es testimonio de ello, como fruto de una iniciativa que lo ha hecho aparecer desde la región del Maule.

Un espíritu que puede habitar, de uno u otro modo, la vieja Europa, la cultura judía, la identidad mapuche, la biblioteca y la montaña, el rigor de la academia y la libertad del experimento artístico, Ricardo Loebell muestra en su Palabra escondida que en nuestros entornos de creación e investigación poco nos falta para una madurez de lenguaje y pensamiento. Lo que se esconde está, del modo más ingenioso, a simple vista: lo que sí requiere es la voluntad de expresión y de real compromiso con el otro radical que es y va a seguir siendo el mundo de la creación artística para quienes están más acá de su despliegue primordial. Así, es inevitable que estos textos sean un llamado de atención no solo para nuestras instituciones culturales, sino para los que nos hemos decidido también a ser parte de la actividad reflexiva sobre la creación: hay mucho que hacer todavía en el camino de revelar lo que tenemos al frente.