sábado, febrero 26, 2011

Martes Poéticos del Bar La Playa, Valparaíso

Este 1 de marzo, a las 21:30 horas continuamos nuestro ciclo, con todo el furor! Nuestro programa:

- Pía Sommer

- René Silva Catalán (desde San Bernardo)

- Eduardo Leyton (desde Curicó)

- Cristian Condemarzo (desde Concepción)

Para más detalles del programa, consúltese nuestra página web: http://poesiabarlaplaya.blogspot.com/

Entrada de $500, con una copa de vino para entrar en ánimo.

Las lecturas del Martes en La Playa no tienen micrófono abierto: pero no hay restricción alguna para quien quiera ser incluido en el programa anual.

Se ruega puntualidad y ganas de intoxicarse de versos.

viernes, febrero 11, 2011

Continúa el ciclo incontenible de lecturas del Bar La Playa, 15 de febrero, 21:30 hrs.

Continuamos este martes 15 de febrero con la ola incontenible de lecturas poéticas en el Bar La Playa! Los invitados son:

- Juan Carlos Urtaza (desde Santiago)

- Jaime Pinos

- Jaime Retamales (desde La Serena)

A las 21:30 hrs.!
entrada simbólica de 500 pesos -incluye una copa de vino...!
se les espera!

domingo, febrero 06, 2011

LA ORILLA INQUIETA, Antología de la Poesía Contemporánea de Valparaíso


Aburrido de la desidia ambiente, va en este link, la Antología (la que unos cuantos perros de cloaca vilipendiaron hace unos años). Ya que esos animales la conocen gracias a una amable filtración de uno de su jauría que oficiaba de editor, es bueno que ahora la conozcan los seres humanos. Que la disfruten!

viernes, febrero 04, 2011

UN MES DE LECTURAS EN BAR LA PLAYA -8 de febrero, 21:30 horas


Este 8 de febrero, a las 21:30 horas continuamos nuestro ciclo, cumpliendo ya un mes de lecturas, haciendo volver a la poesía de donde nunca debió haber salido (y de donde nunca se fue). Nuestro programa:

- Margarita Bustos

- Marjorie Mardónez

- Rosa Alcayaga Toro

- Katharine Kai Allen


Y apréstense a sorpresas!

Entrada de $500, con una copa de vino para entrar en ánimo.

Las lecturas del Martes en La Playa no tienen micrófono abierto: pero no hay restricción alguna para quien quiera ser incluido en el programa anual.

Se ruega puntualidad y ganas de intoxicarse de versos.

sábado, enero 29, 2011

MARTES POÉTICOS, BAR LA PLAYA, 1 DE FEBRERO


A las 21:30 horas continuamos nuestro ciclo, después de dos exitosas jornadas. Nuestro programa:

- Diego Bulnes

- Cristóbal Soto Calistro

- Álvaro Báez

Entrada de $500, con una copa de vino para entrar en ánimo.

Las lecturas del Martes en La Playa no tienen micrófono abierto: pero no hay restricción alguna para quien quiera ser incluido en el programa anual.

Se ruega puntualidad y ganas de intoxicarse de versos.

sábado, enero 22, 2011

MARTES 25 DE ENERO: Segunda sesión de Martes Poéticos en el Bar La Playa


Este martes 25, a las 21:30 horas continuamos nuestro ciclo, después de una exitosa jornada el 18. Nuestro programa:

- Dennis Palacios

- Patricia Monroe

- Juan Antonio Huesbe

- Alejandro Banda

Entrada de $500, con una copa de vino para entrar en ánimo.

Las lecturas del Martes en La Playa no tienen micrófono abierto: pero no hay restricción alguna para quien quiera ser incluido en el programa anual.

Se ruega puntualidad y ganas de intoxicarse de versos.

domingo, enero 16, 2011

MARTES POÉTICOS BAR LA PLAYA de Valparaíso, desde el 18 de enero, 21:30 hrs.


Se inicia la nueva etapa del ciclo de lecturas poéticas más poéticas del mundo y sus alrededores, en el Bar La Playa, Cochrane 567, Valparaíso.-


Leen:


- Pablo Maire

- Juan Cameron

- Bernardo Colipán


Entrada de $500, con una copa de vino para entrar en ánimo.


Las lecturas del Martes en La Playa no tienen micrófono abierto: pero no hay restricción alguna para quien quiera ser incluido en el programa anual.

más información en http://poesiabarlaplaya.blogspot.com/

Se ruega puntualidad y ganas de intoxicarse de versos.

INFALTABLE! EL MARTES, SALA VIÑA DEL MAR, 19:00: "LAS COSAS NUEVAS" DE ENNIO MOLTEDO


viernes, enero 07, 2011

CRACK UP, de Jaime Retamales: la franqueza de un guijarro ante la ruina del mundo


Ante la tranquilizadora o impotente aceptación de lo que existe –característica en general de la ficción narrativa-, la viva certeza de que convivimos permanentemente con la ausencia de algo es uno de los fundamentos de lo que se da en llamar una emoción poética. De manera paradojal, incluso la absoluta indeterminación de eso que falta envuelve al poema de una dimensión característica que hasta el más lego reconoce dentro de la siempre vaga e inexplicable definición de poesía.
Crack up (Santiago: Libros La Calabaza del Diablo, 2010), quinto libro de Jaime Retamales (Santiago, 1958), le confirma como el decidido cultivador de una poética en que más acá del deslumbre formal o de pretensiones de verdad, toma privilegio la imposible empresa de retratar un estado de ánimo en que el sentimiento de ausencia es central. Más que algo que falte en lo que le rodea, acá esa carencia termina constituyendo al mismo hablante -éste padece de esa inquietante nostalgia que, sea en la constatación del paso del tiempo o en la anécdota romántica, termina llevándole a un conocimiento esencial, a una verdad poética. Así, el poema ROMPIMIENTO:

devuélveme mis inútiles objetos
mis ojos
y la calle donde Massino hizo un poema memorable
y Los cuatrocientos golpes de Truffaut
todos mis inútiles objetos

¡uno es el asunto que se escapa de las manos
y uno que se despide!

Cada una de estas ausencias y nostalgias enmascaran una dimensión de la cual sólo la poesía parece ser capaz de dar cuenta. Así, en la CANCIÓN ROMÁNTICA CON VARIACIONES, desde el principio se revela la absoluta conciencia de lo insuficiente de los medios a mano del hablante, ante una emoción que trasciende con mucho la anécdota de un quiebre amoroso:

y es que uno no debería pronunciar
palabras que desconoce
hacer la representación de un mundo ido

tus heridos ojos mejillas cansadas
inician el desborde

y ruedas por la ciudad de las noches rojas
bajo ese influjo poderoso del vudú
día y noche día y noche
sobre las crujientes hojas muertas

una mujer no es todo un hombre no es todo
no se puede rodar a los pies de los demás

(...)

Esta ciudad de las noches rojas sugiere un locus permanente dentro de la poética de Retamales –el espacio de una bohemia destructiva, en que el tiempo nocturno impone su privilegio. Este tiempo, en que no existe una productividad real y el deseo personal destierra toda otra posible ética, va mucho más allá de la figura de un eterno presente: también se da como un espacio más de habitación de la nostalgia, así el poema RESONANCIA NOCTURNA.

entonces pendíamos de la vanidad
sin mayor esfuerzo
se alzaron sucesivos ensayos diarios
esquirlas de una resonancia nocturna

vacíos y funestos trampolines donde vibramos
en un tenue velo de humo ilícito
plagiando en un arco puro
la caricatura de una descripción amable

creyendo la vida a nuestros pies
supuesta a perderse como si nada
insensatos ante la catástrofe


Ese entonces, si bien indeterminado, marcado por un desfondado coraje y el descuido de sí, resulta una de las marcas más firmes dentro de la poética de la que Retamales es un decidido continuador: me refiero a aquella conciencia escritural nacida en medio del pujante escenario del capitalismo de entreguerras dentro de la literatura en inglés, la Lost Generation, cuyos rasgos fundamentales son después legibles en el cine y la novela denominados negros, el Beat y autores como Raymond Carver y J.D. Salinger. Esta conciencia escritural, partiendo desde el supuesto de la defensa de un cierto realismo de elaboración intelectual simple, es capaz de plantearse la misión de presentar el sentido de vacío radical de un sistema social en que todo ha caído presa de un flujo cuantificador y espectacular, concentrando en el individuo que generalmente toma el rol central -y representa plenamente y sin tapujos la perspectiva del narrador- aquella carga marginal y conciente de aquel que se despoja, o es despojado con cierta violencia, del velo mistificador para contemplar la ruina absoluta de la posibilidad humana, y por ende de sí mismo. La huella de este momento de la historia de la cultura de masas –pues se trata decididamente de este ámbito- atraviesa buena parte de la producción literaria chilena de fines de los 80, como una reacción ante la defensa de cierta idealidad comunitaria o social dentro de lo que quedaba de los intelectuales y artistas comprometidos –mucho más ingenua y simple de elaborar intelectualmente de la que implicaría una militancia efectiva, o de lo que significaba plantear derechamente el descalabro de las utopías colectivas. Retamales es capaz de ubicarse dentro de este locus planteado desde este nuevo romanticismo de un individuo consciente en el corazón de la sociedad de la enajenación y el espectáculo, y desde esa perspectiva dar un índice sobre la situación del creador y el alcance y sentido de su acción que otros autores, tanto contemporáneos como actuales, sólo han logrado resolver en un solipsismo que llega hasta la autocomplacencia.
(Como ejemplos de esto sobresalen en narrativa tanto la vacía y simplista pretensión de verdad de Marcelo Lillo o Marcelo Mellado, como la aplicación política mecánica de Roberto Ampuero, que tan sólo acaban generando máquinas de autopublicidad que piden para sí cierto vago y torcido privilegio ético. En el caso de la poesía, la crítica interna a la que se obligan las poéticas generadas desde los 80 hasta ahora hace que obras que acceden a este romanticismo de nuevo tipo no puedan dejar de mostrar la fisura que las constituye, con lo que hacen entrar en el texto la necesaria presencia de los otros: su ética (p. ej., Diego Maquieira).)
El quiebre posible de ese solipsismo se presenta en Crack up con absoluta evidencia: el poema no puede dejar de situarse y resituarse con respecto a la vida que le rodea y lo alimenta. El poema como tal aparece en varios de estos textos, señalando su poder de interactuar y delimitar el lugar y la pretensión del hablante:

nos apunta el poema
que ligeramente nos construye
sin saberlo

algunas cosas mueven su atención
ocultos detalles pasan a sus ojos

(de NOS APUNTA UN POEMA)

las personas dueñas de sí mismas son todas poetas
aunque no escriban un puto verso

se desarman y se arman cuando es necesario
arrojando sus vidas a la vida:
imperfectas amables e innecesarias.

(de LAS PERSONAS DUEÑAS DE SÍ MISMAS)

de algún modo llegamos hasta aquí
no sabes cuándo pero sucede
de hundir las narices
no en un poema o libro
sino en la vida que está en todas partes

(frag. de DE ALGÚN MODO LLEGAMOS HASTA AQUÍ)

Desde esta conciencia, el planteamiento del gesto decidido –e incluso violento- como necesario para superar una autosuficiencia del ser que pueda implicar su autoeliminación se encuentra desde el epígrafe mismo, de Eugenio Montale, y se reitera a lo largo de toda la poética presente en el libro. La evidente crisis que se produce entre la necesidad de esta fuerte voluntad y la obvia impotencia y soledad del hablante (la inminencia del doloroso crack up aludido desde el título y el poema homónimo) resulta, en este sentido, la fundamentación de una poética mucho más densa que la simple representación de una gestualidad desesperada o una afirmación absoluta y enfermiza de sí. Son importantes, en este sentido, los poemas referidos a Cuba, que ponen al hablante de Crack up frente al idealismo colectivo y la persistencia del pasado, definiéndole por negación como un habitante cazado en su situación en esa ruina del mundo que toca sus tambores de invierno.
Con Crack up, Retamales no sólo se confirma como una de las voces sobresalientes en ese vago ámbito que para los habitantes de la zona central de Chile se extiende al norte de Santiago, sino que se confirma en uno de los caminos más difíciles dentro de un país grandilocuente: el presentar una poética de fuerte carácter personal, que se propone nada menos y nada más que dar cuenta, a través de sí mismo, de un descalabro universal y permanente en nuestras formas de ver el mundo. Un pequeño paso que implica una de las mayores apuestas en la literatura.
Por otra parte, corresponde reconocer la solidez con que se ha ido construyendo el catálogo de poesía de Libros La Calabaza del Diablo, que los pasados años continuó creciendo con nuevas obras de Gladys González y Raúl Hernández, así como con la opera prima de Priscilla Cajales, Termitas. Siempre abiertos a lecturas políticas de alto riesgo –desde la vindicación nostálgica de la memoria hasta extremos francamente psiquiátricos-, Libros La Calabaza del Diablo no deja de representar una de las necesarias voces disonantes –y malsonantes- dentro de la falaz armonía heredada por veinte años de política de cartón.

Lanzamiento DESPOBLADOS, nuevo poemario

A no faltar!

viernes, diciembre 24, 2010

lunes, noviembre 22, 2010

POESÍA A CIELO ABIERTO, Valparaíso, desde el 25 de Noviembre


Encuentro que se va a realizar en cuatro días llenos de mucha emoción y malas conductas.

Programacìón y detalles en la página.

salú!

domingo, noviembre 07, 2010

Lo inefable ante un narrador-observador: ALMANAQUE, de Jaime Pinos


La poesía puede ser una de las más poderosas herramientas para la investigación de todo aquello que aún guarda y seguirá guardando el fenómeno humano como tesoros enterrados, y no cabe duda que en gran parte de su historia las pasmosas experiencias íntimas de un Hölderlin o un Rimbaud constituyen parte fundamental de este camino. Sin embargo, sería desconocer las profundas paradojas que forman la base del oficio olvidarse de que afirmar algo sobre la poesía siempre resulta una labor vana: el develamiento del poetizar alguna vez tuvo como misión hacer ver aquello que efectivamente estaba ahí, pero que sólo en la superficie de las palabras alcanzaba un nivel de presencia real –en esa vida en que el lenguaje logra quebrar la ilusión de la vida para el ser solo y se hace signo de comunidad. La poesía como la lengua de la tribu es, en este sentido, enemiga del hermetismo –entendido en el sentido más profundo- sólo en la medida en que algo muy profundo en el seno de la sociedad humana ha sido fuertemente quebrantado.

Por ello, la voluntad de testimonio, de dar cuenta, en su sentido más profundo, resulta uno de los privilegios permanentes del oficio poético, y más aun cuando puede dar fe de sus propios límites. Quien bien lo sabe es Jaime Pinos (Santiago, 1970), que ha publicado este año 2010 Almanaque (Santiago: Lanzallamas Libros), tras la novela Los bigotes de Mustafá (Santiago: Lanzallamas Libros, 1997) y Criminal (Santiago: Lanzallamas Libros, 2003). En su libro recién aparecido, esta voluntad de apego a la verdad efectiva y palpable es reiterativo hasta el hartazgo, y esto desde el mismo tono de los poemas, de espaldas a toda pretensión de embellecimiento, e incluso de privilegio creador. De hecho, dentro del conjunto, existen varios textos que, por más que estén presentes dentro del poemario, no corresponden en absoluto a una creación poética, y de hecho, ni siquiera a la autoría del poeta –una crónica que indica claramente su fuente en el sitio web de una radio informativa, un fragmento del Mensaje a mis compatriotas que dejó Pinochet para ser conocido tras su muerte, un comunicado oficial de la Jefatura de Plaza de La Serena del año 1973 que da cuenta de la ejecución de varios prisioneros en el marco de la “agilización de los procesos” llevada a cabo por Sergio Arellano Stark, y un artículo de la periodista Patricia Verdugo. El paso de Pinos desea ser, en todo caso, más trascendental: la situación del autor mismo resulta ser uno de los ejes que animan Almanaque, como lo muestran los textos bajo el título “NOTA AL MARGEN” (entre otros), en que su vida y voluntad escritural se presentan en una distanciada tercera persona:

Escribe buscando

sincronía,

biografía y escritura.

Escribe buscando

claridad,

estilo y silencio.

Escribe buscando

realidad,

descripción precisa

de la Situación en que se encuentra.

Esta Situación, destacada por la mayúscula, parece apelar en forma directa a uno de los últimos momentos de confluencia entre vanguardia política y vanguardia artística en el siglo XX: la actividad de la Internacional Situacionista. En este contexto, se definía una situación construida como un momento de la vida construido concreta y deliberadamente para la organización colectiva de un ambiente unitario y de un juego de acontecimientos, esto es, como forma de resistencia ante las situaciones previamente construidas y legitimadas desde los medios de comunicación. Sin embargo, desde esta perspectiva la poesía de Pinos parece señalar más bien la nula y trágica existencia de lo colectivo tras las posibilidades del autor, dejando reiteradamente marcado el sello de su impotencia: dada su propia y decidida alineación como autor –poeta- le está vedado el rol de actor, y esto, al mismo tiempo de señalarle como testigo, le limita. Su oficio está marcado por la inutilidad, ante la absoluta conciencia de su marginación:

Reincidencia inevitable,

mismos vicios y manías.

Tiempo perdido,

poesía,

pura poesía,

entre otros trabajos

perfectamente inútiles,

señala en el desesperanzado poema que abre el libro, que describe la celebración de la víspera de Año Nuevo, en la mesa de los parientes, en que ante la felicidad de la fiesta, el hablante debe reconocer la sombría apreciación de su tiempo y situación: Nada nuevo / el año que viene (...) La misma época / No future (...), seguido por la dudosa y evidentemente pasajera entrega a la felicidad, una que brilla como fuego de artificio.

Se pone entre paréntesis, entonces, el sentido y la utilidad de la labor artística y, por ende, el rol de aquél que la practica. Esa pura poesía, marcada por la inutilidad y un rol marginal, no puede sino estar condenada a la enajenación. La posible respuesta, en este sentido, se puede poner en la perspectiva de la tesis 210 de La Sociedad del Espectáculo (1967) de Guy Debord, uno de los textos centrales de la actividad de la Internacional Situacionista:

Solamente la negación real de la cultura conservará su sentido. Ella ya no puede ser cultural. De tal forma que es lo que permanece, de alguna manera, al nivel de la cultura, aunque en una acepción diferente por completo.

Esto está referido al momento en que la cultura como expresión separada de la realidad pierde todo ascendente y se hace incapaz de dar cuenta de instancia alguna de totalidad, debiendo referirse a su propia impotencia si es que no cae en la falacia de una práctica positiva, muerta. Los ejemplos de esta toma de conciencia por parte de Pinos se multiplican a lo largo del libro, y ante esto se plantea la posibilidad de un punto de fuga, a través de la apelación directa a modelos que en su expresión primera están decididamente fuera del espacio de la cultura artística burguesa:

Escribe a la manera

de Rosa Araneda,

de José Hipólito Casas,

de Bernardino Guajardo,

de Daniel Meneses,

de Juan Bautista Peralta,

de Patricio Miranda,

de Pancho Romero.

Escribe a la manera

de los poetas anónimos

o perdidos en las neblinas de Chile.

Prensa Amarilla.

Crónica Roja.

Últimas Noticias.

Versos a lo humano,

por literatura.

Palabras para colgar

en el tenderete del charlatán ciego.

Escribe

LIRA POPULAR.

Esto implica asumir una escritura que sea capaz de mantenerse al margen de “la esfera general del conocimiento y de las representaciones de lo vivido en la sociedad histórica dividida en clases” (Lukács) –esfera que la definiría e inscribiría como cultura en el contexto de la modernidad y sus sistemas propios de consumo y producción intelectual. La lira popular, asociada a la prensa amarilla en la misma estrofa, hace saltar los procedimientos con que se ha sublimado la comunicación de rimas de poetas populares tradicional de principios del siglo XX, para darle ese rol de testigo de la violencia social que la hace análoga a la prensa que exhibe en sus portadas los últimos hechos de sangre: señas de un retrato posible de la lucha de clases cotidiana entregadas a un código específico que les hace signo reconocible al mismo tiempo de lanzarse al mercado noticioso. El nombre en su momento paródico de puetas dado en su momento a los autores de la Lira Popular señalaba esta diferencia con respecto a los poetas que se suponían alejados de la contingencia y apelando a un contexto de reconocimiento artístico –y la obra claramente diferenciada de autores como Pezoa Véliz no hace sino confirmar este corte.

Este carácter marginal de la poética de Pinos es subrayado aun más por otro de los poemas titulado “NOTA AL MARGEN”:

La poesía como

TRABAJO DE CAMPO.

El poema como

ESTADO DE COSAS.

El poeta como

NARRADOR OBSERVADOR.

Lo cual pone a este poeta –se quisiera decir post-poeta- en un plano de observador que está en las antípodas del rol tradicional del creador de belleza que –se supone- fundamenta la creación en su capacidad imaginativa. El estado de cosas que constituirá el poema requerirá, entonces, a este narrador observador para llegar a ser válido, vale decir, fidedigno.

Mas, ¿será esto posible para este autor, cada vez más reducido tan sólo a un experto manipulador de palabras? En “UNBIRTHDAY SONG”, se define de forma directa el destinatario imposible del poema: el amigo suicida, referencia que bien podría aplicarse al libro completo. Esto implica, naturalmente, que el poema mismo es para nadie:

Tarjeta de saludo

sin destinatario en este mundo,

remitida a algún lugar

entre los inmigrantes de la tierra de nadie.

Palabras en el vacío,

texto sin glosa

como la muerte.

El texto queda marcado por atribuciones negativas, y la función del texto termina siendo más bien presentar el propio estado –situación- del autor. La voluntad de registro frío de la realidad naufraga de manera natural en el solipsismo y el silencio.

No puede ser de otra forma, desde el momento en que Pinos se resuelve a aparear la validez con lo fidedigno: Almanaque se vuelve, desde esta perspectiva, una derrota ostentada, que deja sólo en pie la precariedad y marginalidad de un sujeto ante una post-cultura que dará tan sólo una no-palabra como respuesta, inentendible y vacía. Esta no-palabra toma diversos caracteres dentro del poemario, accediendo de esta forma a una importantísima clave de lectura de Almanaque. Sea en el silencio natural presente en un texto que, construido a similitud de haikús, parece caer fuera del libro (“VACACIONES”), en la gente que se tragó la tierra, / callados acallados del Patio 29 en el poema homónimo, en la música ambiental que acalla el grito de una suicida en un centro comercial (“MÚSICA AMBIENTAL”), o en los desencuentros / en el espacio vacío del lenguaje del amarillismo de espectáculos (“FARÁNDULA”), esta enajenación absoluta del presunto narrador observador con respecto al que se suponía su campo de estudio deja en evidencia la imposibilidad de un arte poética, tanto como de una superación de ésta. La evidencia del fracaso resulta la única validez, el único testimonio posible.

Esta imposibilidad no nace, eso sí, de una visión puramente abstracta del lenguaje. Surge, de hecho, como consecuencia clara de un desarrollo histórico, y es aquí donde Pinos llega a un logro notabilísimo: el sombrío diagnóstico de la sociedad sólo deja ver su profundo abismo tras el cristal de esta enajenación fundamental y radicalmente personal. Así, la absoluta desazón de los ancianos abandonados por sus familias o el desmembrado Hans Pozo resultan figuras hechas a propósito para indicar, más que el hecho de la miseria o el despojo, la indiferencia o crueldad por parte de una entidad abstracta, llamada CHILE y la Dulce Patria, sobre la realidad palpable y casi escandalosa de sus existencias –la violenta expresión del breve poema “HIJO DE LA PATRIA” es clara en este sentido:

Hans Pozo,

hijo de Chile,

recibe de la Dulce Patria

UNA VIDA HECHA PEDAZOS.

El rol central de este signo de perplejidad profunda del sujeto real lastimado ante una ruina abstracta no hace sino confirmarse ante el poema “MUSA”, en que la figura de la inspiración es corporeizada, sin ironía, por una mendiga delirante y violenta cuyo último gesto, intensa y brevemente destacado como un verso aparte es desaparece[r] del territorio. La vívida evocación de Gonzalo Millán, intensamente marcada por el signo de la muerte, no es sino otra forma de esta figura.

Almanaque, entonces, más que revelar una poética determinada, revela más bien una tensión de voluntades: por un lado esa conciencia que aún pertenece al arte poética, que recalca su paradójica validez al asumirse sin hermetismos, directamente, con toda la dimensión ética que esto tradicionalmente supone (Elijo palabras que puedas reconocer, dice en la “ELEGÍA” que cierra el libro), y por el otro la evidencia constante de la vanidad de su trabajo –pudiendo hallarse incluso la evanescencia del humo del tabaco como una figura que da un guiño en este sentido (“LEY 11.785”)-; en cierto modo, la tensión entre el poeta civil, marcado por su conciencia social, y el dandy baudelaireano, marcado por la dolorosa conciencia de su enajenación personal como intelectual. El no escamotear, sino dejar ver este conflicto –fundamental en el entendimiento de la poesía contemporánea: piénsese en Jorge Teillier, significativamente aludido al inicio y cierre del libro-, resulta un logro mayor de Almanaque, dentro de un medio en que la unidimensionalidad de los hablantes poéticos se hace casi un hábito.

domingo, octubre 31, 2010

INVITACIÓN ESPECIAL: OTOLITHS


Se invita a los cibernautas a revisar la revista electrónica de poesía OTOLITHS, que en su actual edición trae un poemilla de un trabajo en progreso: CENTENNIALS

sábado, septiembre 25, 2010

PRIMER SET / POEMAS y CENTRÍFUGA de Alfonso Grez: una poética final


La pregunta fundamental para alcanzar una visión cada vez más precisa del capitalismo moderno, lejos de superficialidades y obviedades, puede resumirse en la pregunta con que Georg Lukács fija el programa de su investigación sobre la reificación en Historia y conciencia de clase (1923): ¿hasta qué medida el intercambio de mercancías y sus consecuencias estructurales puede influenciar la totalidad de la vida interna y externa de la sociedad? En cierto sentido, ésta es una inquietud que está al principio del pensamiento social y político contemporáneo, corolario natural de la perspectiva marxiana de la determinación última de la existencia sobre la conciencia. En la medida en que un poder que aparece como externo pueda determinar desde la política y el derecho hasta las formas de construir y habitar las ciudades y los menores detalles de la convivencia social –incluyendo la intimidad doméstica-, sería absurdo que la misma literatura no termine presentando una desviación con respecto al objetivo que una vez se impuso, tal como todo el resto de ámbitos del quehacer humano: esa humanidad abstracta que la Ilustración alzó como centro del mundo.
Por ejemplo, el hablante que aborde el poema desde una precariedad absoluta en cuanto tal hablante, sin posibilidades de llegar a la fértil metamorfosis esencial que anima la poesía en su vertiente más propia -más volcada a sus principios y orígenes más íntimos-, en que ni siquiera haya una señal que valide el texto desde su propia humanidad: tal hablante ha reconocido desde ya la necesidad de limitarse a un registro cuantitativo y precario de objetos despojados de valor real y tan sólo susceptibles de atribuciones arbitrarias de sentido y situación dentro del amplio mercado espectacular en que el mundo se ha tornado. La observación de carácter técnico se hace, desde esta perspectiva, hermana de la contemplación lejana y alienada de aquel que crea, incluso a su pesar, las condiciones de precariedad y absurdo bajo las cuales padece.
Esto es absolutamente vital al intentar definir la poética de Alfonso Grez, quien este año 2010 ha publicado Primer Set / Poemas (Santiago: Ed. Ventilador), un conjunto de tres libros: Ciencia Aplicada, DEFCON 3 y Spot, al mismo tiempo que una selección de textos incluidos en el set a través de Ediciones del Temple, Centrífuga. La permanente provocación de la poesía de Grez consiste precisamente en desplazar al lector de la ilusión de una posible belleza artística en el retrato de la sociedad contemporánea. La gran maqueta habitada que es la ciudad que desarman los deditos de niño índice, el descerebrito / tan celebrado por sus padres en un poema de Ciencia Aplicada (de la tercera sección del libro, "vistas del barrio") revela antes su sustancia de plumavit que cualquier atributo estético, y la operación por la cual es desarmada no implica ni destreza ni violencia. El sujeto que trata desde su humanidad con el material urbano cual si éste se encontrase efectivamente dentro de dimensiones humanas queda fuera de cualquier régimen de conocimiento o autoconciencia, y la administración de la vida contemporánea pierde toda racionalidad, centrándose precisamente en su aptitud para ser desarticulada, destruida, desechada. El estar, antes que cualquier otra cosa, el desecho como base de este mundo es una de las intuiciones más poderosas de la poética de Grez:

todos los basureros del mundo

en
el
centro mismo
de
la
tierra.


Distinto es tratar con este material desde una voluntad que podríamos llamar de gestión, desde la mirada alienada del cuantificador que asume la objetividad absoluta de aquello que se encuentra bajo él. Al elegir una perspectiva que se supone a sí misma en la excelsitud del conocimiento, como superación real de las paradojas que surgen de la mirada humanista a la sociedad contemporánea –mas tan sólo deteniéndose en la dimensión cuantitativa, sin intentar desviarse hacia una dialéctica que asuma la realidad en su aspecto más táctil-, al dar este paso dentro de la esfera de la escritura, Grez es capaz de llegar a registros que en cualquier otro contexto serían de una experimentalidad vacía, mas no así acá. Efectivamente, en estos libros, el horizonte de la poética puede tomar el punto de partida de una pantalla de radar o de televisión, del redactor de informes oficiales para sustentar variables estadísticas o de alarma. Es la virtud particularísima de DEFCON 3, que se hace capaz de asumir un tema tan alejado de la poesía chilena contemporánea como las nuevas realidades políticas y económicas surgidas de la globalización en su sentido más mediático y transformarlas en materia poética. La vista fría de la violencia de la guerra moderna y la acción terrorista, en que la adjetivación se ubica sólo para dar la dimensión espectacular –de espaldas a toda condena o vindicación-, debe, en este sentido, ser leída como una acción de fuerza, obligando al lector a encontrar los pliegues de sentido en su propia mirada. Esta mirada no puede ser otra que la contemplativa.
Ya que la figura del sujeto estético tras la poética de Grez es la del contemplador, en su aspecto más pasivo. Su figuración más directa se encuentra en uno de los primeros poemas de Ciencia Aplicada:

(ciencia aplicada)

así con todo.
y las raíces de una antena
bajan buscando
la humedad
de un cuerpo que mira televisión.


La extrema situación pasiva de este cuerpo y la realidad superior que constituye esa antena lo dejan ver como el resultado final de los procesos históricos que acompañan al capitalismo en su fase espectacular –desde la perspectiva debordiana-: aquel ser cuya inactividad no está en absoluto liberada de la actividad productiva (...) depende de ella, es sumisión inquieta y admirativa a las necesidades y resultados de la producción (tesis 27 de La sociètè du spectacle). Así, el destino final de estos seres bajo una vivencia urbana cuya contemplatividad y predisposición gestionable les arrebatan cualquier resto de las elecciones que les podrían convertir en sujetos civiles está caracterizado en uno de los poemas más cerrados en su frialdad de Ciencia Aplicada:

pidió que luego de su muerte
bañaran sus huesos
en aluminio y bronce
los ensamblaran
en candelabros palmatorias
una operática imponente
lámpara de techo
epicentro
del comedor.


su mujer amante pidió
ser cenizas en el salero
ser cenizas en el pimentero
sobre la mesa de comedor
condimento
para vivos.

les sobreviven sus hijos
muy pálidos
sentados a la mesa
desayuno almuerzo comida.


Los seres otrora humanos se transforman cada vez en partes más perfectas de una cadena productiva también perfecta, olvidada ya toda la imperfecta dimensión de la experiencia. Si bien puede existir una experiencia corporal, ésta ya es inseparable de cadenas de producción cada vez más complejas, en que se asume de forma cada vez más absoluta la necesidad de hacer del material humano el insumo (una entrada auxiliar que es necesaria para que ocurra un proceso de producción, pero que no forma parte tangible del producto o los co-productos que surgen del proceso) para la creación de una mercancía cuyo estatus de realidad es indefectiblemente mayor. Esto es definido con precisión en los poemas denominados "body art", en que el carácter extremo de fragmentación y gestión tecnológica del personaje del artista encuentra su recepción necesaria en la entrada directo a las antologías / del gran mundo del arte y en el gran aplauso del público. El destierro de toda pretensión de naturalidad es acentuado en el instante en que el artista sometido a la amputación y al despojo de sus órganos vitales (para ser sostenido por tubos y máquinas / que viven / que palpitan y parpadean / que respiran por él) es un fabuloso espectáculo

transmitido en directo
a más de mil galerías
mozos que reparten canapés
invitados que brindan
con champaña
en diversos idiomas
se lucen corbatas y vestidos
de la más alta costura,
entonces la sangre
vuelve al cuerpo (...)


La situación quirúrgica del artista resulta un complemento grotesco del "punto cero" del ser humano, en que se describe a los recién nacidos sellados / insulados, herméticos y su acto de entrada al mundo resulta más bien lo contrario: el mundo es el que entra en ellos a través de los orificios y cortes artificiales que se les hace quirúrgicamente. La única pista sobre los sujetos que hacen estos cortes y orificios es la palabra empíricos que parece tan sólo definir a quienes enuncian y describen el proceso. Esta figura del "gestionador de seres" está ausente a lo largo de los libros, y esta ausencia parece develar el núcleo del fatalismo que anima a la poética de Grez: la única posibilidad de conocimiento y experiencia para este sujeto poético es precisamente la actitud fría del tecnólogo. El horizonte de su percepción pasa a ser, entonces, desde la misma construcción de los textos, dependiente de la inminente desaparición de la humanidad y sus medios naturales de conocimiento y experiencia.
Es así como un libro de poemas como Spot -el tercero del set- representa precisamente lo que puede ser la última perspectiva posible: el enmascaramiento más radical de la enajenación del ser humano con respecto a su propia humanidad, la presentación de su experiencia vital como una mera figura sintética de la relación entre consumidor y mercancía. Spot tiene como programa hacer una descripción bastante acotada de una serie de spots publicitarios de televisión, dando al autor el privilegio de un rol simplemente retórico; mas el resultado termina siendo precisamente el mismo del programa general del set: la afirmación de la realidad superior del mundo de las cosas comunicándose entre cosas con respecto a un posible (este sí, virtual) mundo humano. La voluntaria frialdad de la descripción hace más clara la objetivación absoluta de la experiencia, como en el caso de este aviso de prevención de accidentes (análogamente titulado "producto", como el resto de los poemas del libro que son avisos comerciales en sentido propio):

primero un zapato que vuela (y la historia del
zapato) luego el niño que camina la calle del
entorno muy moneymoney, vida promete,
luego pies de niño que calzan, luego viene el
auto (específico de color y modelo) luego el
conductor (nombre, apellido) (su grado etílico)
luego el choque de todo lo anterior y el zapato
que vuela.


Los recursos irónicos aumentan la distancia de este hablante, recalcando su rol de contemplador pasivo. Su situación precisa sólo es entendible desde el instante en que se asume la dimensión artificial y vacía del mundo que se presenta en estos poemarios. El salirse de forma efectiva de cualquier naturalidad posible implica fundar una nueva artificialidad, y es desde acá que la poética de Grez pierde todo carácter literario en sentido propio. A medio camino entre la retórica de la descripción periodística y el discurso tecnológico, la formación de esta nueva poética requiere un replanteamiento profundo de lo que se podría suponer como el lugar político del autor. El autor ha abandonado la arena política: su sombra en el texto es incapaz de reconocer experiencias socialmente significativas en la contemplación continua, su reflejo se desarma como una suma de partes cuantitativamente determinada. El mismo autor sucumbe ante la deshumanización radical de la experiencia contemporánea. Lo político en cuanto tal –lo referente a la situación del ser en la polis- se revela por ausencia, y por esto la violencia de su revelación se hace más dura y evidente.
Los libros publicados por Alfonso Grez constituyen uno de los aportes más significativos dentro de lo que ha aparecido en este par de años de falacias conmemorativas. Ante la ficción de una comunidad nacional tomada como bandera por los administradores del espectáculo, Grez es capaz de presentar el despojo radical de toda sociedad capitalista contemporánea, en que detrás de la comunidad reconciliada a través de las antenas y sus transmisiones, descansa la sorda explotación absoluta de un ser cuyas determinaciones humanas quedaron ancladas en una historia antigua imposible de fondear. Al mismo tiempo, detrás del complemento romántico de la oposición política de la izquierda clásica (o que desea serlo) que desea elevar viejas retóricas como signo de resistencia, la frialdad aplastante del mundo poético de Grez muestra la trágica insuficiencia de la relación que hasta nuestros días una concepción mecanicista y contenidista ha querido fijar entre acción artística y acción política. El papel de un autor como Grez es, quizá, uno de los más tristes y necesarios: mostrar límites.
Es necesario destacar, además, la extraordinaria factura del Primer Set, tanto en lo que se refiere a los libros en sí como a su presentación como conjunto. El diseño, realizado por Héctor Barroso en conjunto con el autor, da a estos libros el privilegio de ser una de las ediciones de poesía más cuidadas y atractivas que en muchos años han aparecido en nuestro país. Al mismo tiempo, Ediciones del Temple enriquece con Centrífuga su extenso catálogo, en un momento de nuevos aires a un proyecto editorial que sin duda ya tiene su nombre inscrito con seguridad en la historia literaria de nuestro país.

viernes, septiembre 10, 2010

La vívida mortandad de una ciudad: RECOLECTOR DE PIXELES, de Christian Aedo


"Todo lo que es consciente se desgasta.

Lo que es inconsciente permanece inalterable.

Pero una vez liberado ¿no cae a su vez en ruinas?" (Freud).



Bajo el signo de la inquietud política de la cultura contemporánea chilena –cuyo resultado final es a menudo la absoluta parálisis de cada vez más atrevidos y frustrados postulantes a sujetos de cambio social- el intento de plantear la construcción de una posible memoria colectiva es uno de los tics más notorios. Esta memoria colectiva no da señas de aparecer, a menos que sea como una romántica nueva utopía o la ingenuidad que llega a rozar el mal gusto de nuestras culturas políticas de consenso. En este plano, la poesía tiene el privilegio de su irreductible naturaleza individual, en que la experiencia creadora se mantiene inclusive como una resistencia personal –que en una dialéctica más profunda puede ser capaz de dar cuenta de esa realidad efectiva que escapa de tinturas ideológicas, que ya sólo podrían ocultar en vez de prestar sentido.

En recolector de pixeles (Santiago: Ed. Ripio, 2009) de Christian Aedo (Santiago, 1976) la apreciación de la memoria toma la única forma posible dentro de nuestros imaginarios en erosión permanente: ya no podría transformarse en materia presente (como querrían los creadores de museos) que permitiese el calmo análisis, sistematización y estudio (es decir, que generase Historia o cualquier forma de antropología), el tiempo homogéneo y vacío al que apuntaba Walter Benjamin en sus Tesis sobre la Historia. recolector de pixeles muestra la imposibilidad de hacer cuajar en una detención la posibilidad de una memoria, que sólo puede ser representada en la virtualidad que se da en el acto mismo de la evocación –cuando la mera voluntad de recuerdo logra su primer resultado imperfecto, incapaz de plasmar esa imagen si no fuera por la imperfección subjetiva de la forma artística.

La validez vital de la historia con minúsculas avistada por Aedo sólo podría ser demostrada a través de su mortalidad, su ruina, sus restos depositados en la memoria y marcados por su perennidad. Es así como la realidad efectiva de la ciudad de la que desea dar cuenta sólo puede sustentarse también por vía de una segunda paradoja: por su pura conformación deseosa, de espaldas a cualquier concreción. Un resto tan insignificante de experiencia que ni siquiera puede compartir con ésta una esencia común:


nos olvidaremos de nosotros y seremos un recuerdo vago

para las cámaras de vigilancia

al borde del basurero el transitar de una marcha

en esta ciudad que se construye a sí misma



en el aspecto aburrido y agotado de las Cosas/

seremos

residuos en los pliegues de una página a medio llenar



el resto un juego de manos/

como en el porno


material para el taxidermista


El juego de tiempos en el poemario, por lo tanto, es dolorosamente incierto y marcado por la experiencia de una patente actualidad. La realidad misma de los sujetos envueltos en la experiencia ciudadana se hace una suposición necesaria, mas improbable, mediada por el lugar que presumen haber ocupado o desean ocupar en momentos imposibles: esto resulta consecuencia obvia de una concepción del conocimiento que se asume desde la velocidad en que la relatividad einsteiniana se hace más fuerte que la evidencia consciente. La visualidad –la pura luz- de la pantalla superficial de esta memoria devenida virtual acaba con la ilusión del arte como expresión mimética de una realidad: lo que muestra la ciudad al ser vista de cerca es su pixelación, su artificialidad nueva, fundada en una metafísica menor, calculable, reproducible, gestionable.

Así, ya no es la letra –signo que establece coherencia y analogía entre voz y grafías, que puede dar cuenta de sí a través de la vibración del aire, o solidificarse en el tránsito desde los implementos técnicos de impresión hasta el papel- aquello que dará un privilegio a la expresión del creador, sino que el creador se verá indefenso y sin privilegios ante un punto de referencia imposible, un elemento de pura existencia virtual que hace posible la imagen. El fundamento de la imagen en el poemario es aquel propio de la imagen digital: el pixel, la “menor unidad homogénea en color” que forma parte de aquélla.

La experiencia vital del creador, determinada por su pertenencia a la ciudad, pasa a ser un puro accidente en la formación de esta ciudad devenida imagen virtual. Considérese la secuencia de fotografías en que aparece un paisaje urbano bajo signos claros de marginalidad –la estructura de urbanización característica de las zonas periféricas de Santiago, las rejas de protección casi indicando el riesgo de intrusos, el descuido de los muros y el pavimento-, paisaje visto a través de un ojo mágico, haciendo del indicador estético de infinita distancia (que podría constituir una serie de ilustraciones en su sentido propio) la medida de un aislamiento motivado por la inseguridad y la segregación. La secuencia muestra la difuminación progresiva de esta ciudad que aparenta realidad, y la mirada del lector establece con seguridad la ilusión de consistencia falaz que corresponde a una imagen producida tecnológicamente.

Así, esta virtualización de la ciudad puede ser leída como una virtualización de la vivencia ciudadana. La escena primordial de recolector de pixeles parece ser análoga a la de chilean poetry de Rodrigo Arroyo: la escritura plantea su origen en el espacio protegido doméstico, asumiendo como exterior un caos informe que ha dejado de mostrar señas de humanidad -la ciudadanía pasa de ser vivencia efectiva a un problema de inútil especulación estética, inútil ya que bajo la absoluta anomia solipsista las categorías que definen un juicio estético se quiebran al igual que las normas de convivencia.


En la distancia que separa

a un objeto de otro


existe una regla

huella digital o ruido de fondo


Donde la imagen se pixela rápidamente la ciudad se detiene por un momento

(caerá nieve en el poema, será una discusión, el error necesario para lograr un efecto)


La escritura, entonces, se vuelve un gesto bárbaro tras la ruina completa de los signos de civilización. La obsesión de registro obliga al creador a limitarse a dar cuenta de las últimas huellas de ciudadanía y los últimos restos de experiencia colectiva. Esto lleva naturalmente a que la poética de Aedo tome la forma tanto de un desplazamiento físico a través de los restos urbanos como de un recorrido a través de la propia memoria, que al hacerse análogos terminan llevando la virtualización a su extremo. La carencia de un punto desde el cual establecer una perspectiva (carencia análoga al despojo de la posibilidad del creador de ser sujeto de su propia historia, de asignar una jerarquía a las vivencias que lo conforman y los actos que podría eventualmente emprender) obliga a la creación poética a construirse en deriva. Entonces, todo aquello que aparece en el poema se ve envuelto en un desorden determinado por su pulsión incontrolada hacia la superficie del papel –en este sentido, el epígrafe de Lihn (El papel se llena de signos / como un hueso de hormigas) tiene menos que ver con el automatismo surrealista que con una resignada sujeción a la imposibilidad de relacionar experiencia y literatura de una forma que no sea arbitraria. A través del permanente juego con la impresión de los caracteres en el poemario, Aedo lleva la señal de esta imposibilidad incluso hasta eliminar frases enteras a través de una supuesta pixelación errónea, generando una arbitrariedad de significado que acaba siendo una pesada carga para el lector más que la apertura hacia una posibilidad lúdica. Esta necesaria incomodidad selecciona a su lector como capaz del gesto activo de creación de sentido, lo que desde una poética que siente la ciudad como su entorno de desarrollo, no puede sino convertir la experiencia de lectura en un gesto político en sí.

Lo que se dice no es, entonces, lo mismo que lo que se entrega. El poemario no es un conjunto de poemas sino que debería constituir algo más que eso: el lenguaje resulta ser un medio secundario y bajo sospecha.


Qué es

lo que no dicen los nombres de los objetos

-si las herramientas del carnicero

son las mismas que ahora utiliza el taxidermista-


con las mismas palabras se hace la propaganda electoral

las mismas con las que ellos se enamoraron

hicieron una fiesta


una revolución en el parque



-Un jardín de frambuesas p o r s i e m p r e -


desde lejos tiene el mismo color

de una masacre sin nombre


Con las mismas palabras podría comenzar una guerra

en el otro extremo del mundo


Las palabras no pueden fijar este mundo que al instante de nombrarse se vuelve cosa muerta, y el poeta ve, así, su oficio difícilmente distinguible de aquel de los taxidermistas: aquellos que se empeñan en instalar lo muerto como algo con la apariencia de la vida. Esta continua taxidermia llega a aparecer como una suerte de procedimiento permanente en la creación y administración del mundo poético propuesto por Aedo, y es asimilable a la operación de las modas tecnológicas. La imagen viva de la ciudad se entiende como una ilusión, una pantalla destinada para aquellos que no la habitan:

Los taxidermistas

en este país aprendieron muy bien el oficio


Los chicos iluminados corren desnudos

por un jardín de frambuesas


Los turistas llenan las memorias de sus cámaras digitales de imágenes como estas


Con lo ya dicho, podemos decir que recolector de pixeles resulta ser una de las muestras de poesía joven más comprometidas con la reelaboración de una literatura política en Chile, con un elevado sentido de comprensión poética. Esto trasciende en mucho la sencilla manipulación de un contenido literario, para plantearse la necesaria presentación de esa permanente actualidad de una obra artística genuina: su capacidad de trascender la cortedad de miras de un “especialista” de cualquier clase. recolector de pixeles rebosa de esa apasionada evocación por una humanidad integral del que es parte toda poética consciente de sí misma –desde la presencia de imágenes de la revolución planteadas casi como una protohistoria que se funde al voluble presente hasta la mirada nostálgica de los restos de vivencia de las mercancías a baja oferta en la feria de las pulgas junto al Museo de Bellas Artes, las imágenes desean dar cuenta de una emoción que trasciende con mucho al estudioso. Aedo es parte de esa historia evanescente, y no desea ocultarlo, e incluso la dimensión más íntima y personal resulta el espejo de una depreciada memoria colectiva.

En recolector de pixeles se saluda un paso adelante en la búsqueda más profunda de toda poesía: su puesta al día. La apuesta formal del libro confirma, al mismo tiempo, a Ripio como una de las propuestas más interesantes en la nueva escena de editoriales independientes chilenas en este sentido, aspirando al papel de avanzada crítica que en las nuevas condiciones político-culturales del país se tendrá cada día más que cumplir –de cara a la obvia pauperización del debate social que el nuevo escenario empieza a imponer.