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Este Jueves 12 de Junio, 20:30.-
continúa sin tregua el ciclo de lecturas
que jamás se detiene.-
CONCHA Y TORO 32 -Metro República.
MARÍA INÉS ZALDÍVAR
DAMARIS CALDERÓN
ELVIRA HERNÁNDEZ
se les espera!
En los años del fin, corresponde cantar las canciones finales. El vértigo del fin del mundo no nos acompañará por siempre. Festejemos!
El jurado integrado por:
Silvia Delgado Fuentes (España)
Carmen Julia Holguín (México)
Amanda Pedrozo Cibils(Paraguay)
Sylvia Riestra (Uruguay)
María del Pilar Romano (Argentina)
por mayoría de votos
declaró ganador del
Certamen Internacional de Poesía
LOS PUÑOS DE LA PALOMA
al libro
FÜCHSE VON LLAFENKO
presentado bajo el seudónimo Juan SinTierra)
Verificada la identidad,
su autora resultó ser la joven poeta chilena
GLORIA DÜNKLER,
con cuyo logro
| | Equipo de Acción Urgente Amnistía Internacional - Chile Entérate, indígnate, actúa |



Un libro con una poética como Ejercicios de Enlace (Ed. Cuarto Propio, Santiago, 2007) logra una de los aciertos más difíciles de alcanzar en el oficio: escaparse de cualquier definición programática de pocas palabras. Esta poética propia supone una coherencia interna, que dará a los textos dispuestos bajo su “programa” (puesto esto en una absoluta simplificación), una orientación en sus apelaciones, una intencionalidad. Para el cuerpo del texto, suponemos con ello una voluntad, anterior y formativa con respecto a los procedimientos literarios. Y digo “suponemos”, dado que damos por sentado la presencia de un sujeto unívoco operando un material.
No resulta difícil pronunciar la palabra “realismo” cuando se llega a los poemas de Bustos. La firme contundencia de un alicate, la expresión directa y, aunque indefinida, de he encontrado las pruebas, la evocación rica en historia y referencia directa de los tiros las luces / de bengala, apuntan, en conjunto, a lo que se ha dado en llamar históricamente realismo de un modo sencillo y solapadamente engañoso en su brevedad, ya desde los primeros tres versos del Ejercicio Nº 1, que abre la serie de los 32 (¿ó 33?: sobre esto volveremos) que conforman el libro. Pero el caso es que tras darle un par de vueltas, se nos aparece la primera zancadilla de fondo: la larga confusión entre realismo y naturalismo, un riesgo tanto mayor considerando la exigencia programática que, desde una posición política, ha pesado fuertemente sobre la historia de la literatura chilena.
El punto del realismo es espinoso, y el mismo Bustos ha asumido una decidida defensa crítica de una noción del realismo que pueda trascender precisamente ese naturalismo, a través de la consideración de procedimientos que hagan a la literatura trascender la mera dimensión apelativa o mimética, abocándose al final del artículo a la postulación de un antrorealismo, “lugar de mala muerte donde pueden ocurrir todo tipo de cosas, una feliz o enrarecida convivencia entre estéticas y lenguajes que no necesariamente tengan una filiación clara e incuestionable. La caverna (inconsciente), Poesía chilena“.(Hacia una noción de realismo en la poesía actual (en Chile), en http://www.lanzallamas.com/blog/2007/11/hacia-una-nocion-de-realismo-en-la-poesia-actual-en-chile/). Por más que el artículo de Bustos sea extremadamente fértil en provocativas ideas, me parece que es necesario complementar estas reflexiones desde un ángulo particular que pueda aclarar mejor la posibilidad de un realismo transnaturalista, que establezca con el realismo meramente mimético una relación análoga que la que guarda el nuevo horizonte de la experiencia política moderna con respecto a las ya caducadas estrategias desde la lógica de los partidos y movimientos políticos tradicionales. El punto en común es sencillo cuando se entiende bien: la crisis del sujeto unívoco.
Cabe recordar que la llegada de la crisis de la modernidad y de sus referentes fundamentales –si bien no escaparon para los ojos bien entrenados, como los de Enrique Lihn o Juan Luis Martinez, que escribe su Nueva Novela antes de 1973- está indisolublemente ligada en Chile al intenso proceso de cambios culturales y sociales llevado a cabo por la dictadura militar, desarrollos inseparables de la sanguinaria arbitrariedad de sus procedimientos de control político interno. El profundo trauma político en Chile alcanza, entonces, también a un trauma simbólico, a un grado que pocas dictaduras análogas supieron producir. La ineluctabilidad de las medidas dictatoriales, sancionada y eternizada en lo esencial por la coalición política que llegó al poder tras 1988, produjo el vaciamiento completo de la noción de sujeto cívico, que alcanzó su más descarnada expresión precisamente al Ejercicio de Enlace, aludido desde el título, despliegue de tropas amenazante realizado a fines de 1990 que, por motivos que tocaban a la corrupción de la familia Pinochet, logró poner de rodillas a los supuestos representantes de la sociedad civil, haciendo evidente la virtual inexistencia política de ésta.
Desde este punto de vista, me parece que Bustos está permanentemente poniendo en escena esta evanescencia del sujeto. Al leer Ejercicios de Enlace, es importante entonces plantearse a este sujeto desde sus difíciles y violentas experiencias de conformación, lo que nos lleva de cabeza al dilema de la posibilidad de una historia personal propia. La dimensión del pasado aquí –un pasado en que la experiencia personal, propia o de otros, es inseparable de la experiencia y la teoría estética, histórica y política- no es, en general, aquel que nos presenta al tradicional material de evocación poética, sino que refiere, una y otra vez, a las características enajenadas de un material de estudio, o las de un objeto quieto, positivo. Este procedimiento, si bien lleva, en cierto grado básico de lectura, a la ahistoricidad del texto, produce, al palpar el texto más de cerca, una alienación creciente, que opera precisamente separando esas características del material del pasado de los elementos que puedan haber conformado al sujeto, a través de un trabajo sistemático de enajenación de éste con respecto a su origen. Cuando se da la imagen de los rieles en el subsuelo marino –que alude a los que se amarraban durante la dictadura a los detenidos arrojados al mar para que los cuerpos no flotaran-, rodeados de cardúmenes / en bloque que entresacan / a mordiscos / intestinos / azules, y rodeados de diminutos / moluscos, en el Ejercicio Nº 7 da poderosamente, vía un excepcionalmente cuidadoso ejercicio de ritmo, esa idea de pura materialidad positiva que envuelve a los objetos, ya desligados a fuerza de historia de toda relación dialéctica con un sujeto sin una posible percepción de sus elementos conformadores; en el Nº 23, se revela el cuerpo envuelto / en sábanas negras, indicando incluso el lugar donde es arrojado –Quintero-, y el Nº 24 empieza con un tronco que se pudre en la esquina del acuario. La imposible claridad de cualquier anécdota, así, se revela como un leitmotiv del libro: eliminando sistemáticamente la aspiración de pleno conocimiento y entendimiento del pasado. Ante este enigma –que toca a la misma construcción del sujeto-, hay dos procedimientos básicos: la pluralidad posible dentro de ese sujeto en la literaturización y la precarización.
La pluralidad yace en la base de los procedimientos literarios de Bustos. El texto parece respirar citas que remiten a referentes fundamentales para la (nuestra) generación poética de Bustos –desde Diego Maquieira y Bruno Vidal, hasta Gonzalo Millán y Zurita. Así, la contextualidad literaria del texto se iguala en importancia a su acertividad histórica o política: el Ejercicio Nº 8, con los escenarios de decidido delirio en que la marcha de los estudiantes secundarios del 2007 se reúne con Víctor Jara componiendo música electrónica, culminando el poema con una cita de uno de los conjuntos musicales más politizados de los 80 (a esta hora / en que comienzas a sentir / que nada pasa y todo pasa), da cuenta de la imposibilidad de dar cuenta, en un instante en que el sujeto se ve conformado por una realidad que se puede remitir al deseo tanto como a la historia efectiva –deseo que constituye el corazón de la “ficción” poética, como lo confirmó en su fracaso el realismo socialista. Esta realidad colonizada por el deseo, literaturizada, cuya historia supone una recreación literaria permanente, es fundamental para entender lo fragmentario del sujeto hablante de Bustos, que sólo puede verse desde esa reconformación permanente.
Esta reconformación no puede darse sino hacia lo precario. La imagen detenida de las fotografías, la inutilidad de los objetos, la debilidad de cualquier resistencia en una dictadura actualizada persistentemente en un presente, son en este sentido expresiones necesarias para presentar un doloroso desamparo simbólico de carácter netamente existencial: este sujeto evanescente, abandonado por el Ser, se logrará reconocer (en un gesto que a ratos se revela fuertemente lautreamontiano) en la inconsciencia del mundo orgánico y la instintividad del animal. Los cardúmenes de peces, inertes en su movimiento puramente colectivo, o la geometría viva y detenida de las ramas, en este sentido, son una contundente imagen de ese mundo que la conciencia reconoce como estagnado y ajeno, y en el cual este hablante puede reconocer signos de una posible visión “corregida” –simbólica- de una posible historia personal cuya conformación histórica ha sido frustrada en el plano existencial.
El eco del poema que ocupa el lugar del Ejercicio Nº 33, es en este sentido revelador. Precedido por una hoja de papel texturado entintado en negro, queda claramente separado de los 32 Ejercicios anteriores, y está constituida por una serie de onomatopeyas de golpes y otras que sugieren otras violencias (como silbidos de bala), llevando al verso final del corpus: TODA UNA GENERACIÓN MOLIDA A PALOS. Así, el corte de cabeza que cierra el Ejercicio Nº 32, clara consecuencia del deber de escribir ejercicios de enlace –y producto esto de la franca duda con respecto al propio lenguaje y percepción-, lleva en el fragmento final del libro a un planteamiento colectivo que deviene justificación de la poética de Bustos. La marca actualizada de la violencia dictatorial en el sujeto literario de Bustos se hace entonces necesaria para entender el mensaje de fondo de Ejercicios de Enlace: la heterogeneidad de la historia “real”, que se opone y complementa con un apocalipsis (revelación) permanente e incompleta del sujeto, quien tendrá en sí una percepción mucho más efectiva y actuante del devenir real, lo que da a un realismo literario la inquietud que De Rokha ya lograba sospechar a principios de siglo, antes de intentar empalmar con modelos estéticos que suponía más urgentes y necesarios: No conozco, digo, / no defino, nombro, / agrando la naturaleza (U, 1926).
Esta relación crítica permanente, presente en el fundamento de la inquietud política de una eternizada post-dictadura, encuentra en Bustos uno de sus más audaces intérpretes. Tal como las intuiciones de poéticas como las de De Rokha o Díaz Casanueva, el lector que busca es un lector difícil de encontrar en épocas sombrías como las que vivimos: alguien que corra riesgos. El cartel de Nina Vatolina presente en la portada que previene el “parlotear” y se acompaña con un poema de Samuil Marshak que advierte que el rumor y el parloteo van de la mano con la traición, remite de inmediato a una relación que fuerza un compromiso (político), al mismo tiempo que siembra una densa sospecha en la comunicación verbal.
En años en que el reconocer la crisis de nuestros sistemas de identidad, individual, social y política, se ha vuelto un privilegio intelectual de pocos, el duro gesto de Bustos de escribir precisamente desde ese borde es un signo más de un fantasma que recorre la poesía chilena de su (nuestra) generación: la conformación torpe pero segura de un nuevo ethos literario que pueda abrir la posibilidad de una nueva poesía política.





Al presentar Anomalías (Ed. Zignos, Lima, 2007), no puedo dejar de recordar que el mundo literario peruano fue durante mucho tiempo uno de esos misterios de iniciados que –en una tan chilena práctica- hacían que la relación posible entre dos riquísimos entornos poéticos se convirtiera en información privilegiada para uno o dos “gestores culturales”. Naturalmente, tal modo de intercambio no aportaba en nada a algo fructífero. Como otras muchas prácticas que en su momento parecieron desmedidas en el agresivo afán conspirativo de la generación que se ha dado en llamar “novísima” (por supuesto, un nombre imposible de considerar sino como una denominación transitoria), las rutas abiertas para una comunicación de una impensada intensidad con los entornos literarios de los países vecinos resultó ser una apuesta que ha modificado sustancialmente nuestra percepción de lo que debe ser la actividad de difusión y promoción de la poesía.
Es particularmente importante que quienes publican en esta colección sean poetas de la promoción más nueva de la poesía nacional. Precisamente una de las más parricidas de la historia literaria nacional –si me permiten la comparación, pienso en aquélla que enterró el modernismo allá en los veintes, informe, agresiva y ambiciosa-, mas con una clara conciencia de un deber ético de la más alta importancia. No la ética del compromiso social, ni la moral filistea de los restos católicos en el país, sino una más extrema: la que mueve al poema a ser una interrogación constante sobre la propia identidad, en una época en que la crisis simbólica acarrea hacia la nada la vieja noción del sujeto unívoco, la estabilidad y coherencia posibles entre un ser y su situación; el discurso (categoría mayor de la historia cultural de Occidente) derritiéndose en la escritura, como bien apunta Rodrigo Gómez en el prólogo, invocando además a Perlongher y su barroco de barrio. El mayor gesto ético se resuelve acá en asumir plenamente la condición de crisis, y sólo podría considerar poetas mayores, más que a los Vates de estatua, a autores residentes en el límite de la escritura –Juan Luis Martínez, Enrique Lihn, Gonzalo Millán: “el discurso derritiéndose en la escritura”, como apunta Rodrigo Gómez en el prólogo. En este sentido, la heterogeneidad de los cinco poetas que cabe presentar acá no resulta un trabajo imposible, desde el momento en que sabemos que comparten, de fondo, este asumir la crisis como condición sine qua non de cualquier literatura que quiera dar cuenta de su tiempo. Y esto –el dar cuenta- es una de las reglas no escritas de la historia de la literatura.
La inquietud del ser en sí mismo –en el sentido en el que un Artaud pudo alienarse de sí mismo, asumiendo esto como única forma de intento de conocimiento- es palpable en los trabajos de Alexis Donoso González (Santiago, 1980). El sujeto puede ver toda noción de corporalidad, identidad o nombre como en pleno y dinámico proceso de descontrucción -y no digo de-construcción, que implicaría cierta esperanza de nuevos órdenes posibles). La conciencia de esto se da como una sospecha: desde el lenguaje en sí estaría funcionando una ficción tranquilizadora que corresponde corroer. Pienso en la lengua fuera del frasco, que se entrega a la locura del descampado, y en el desenfreno nocturno de los últimos textos, como efectiva corrosión del sentido. La escritura de Donoso apunta a una violencia límite, que me parece en camino a abismos más decididos, trágicamente necesarios en la progresión de una experiencia literaria como ésta.
Al desenfreno de Donoso, corresponde como un perfecto opuesto la agresividad intelectual de Marcela Parra (Temuco, 1981). El problema es análogo, pero esta inquietud del ser se resuelve acá en una decantación ácida del lenguaje poético, resultando de ella una visualidad abismada, como corresponde a una mirada cuyo sujeto tiende a desaparecer –el enlace al sujeto entre paréntesis de Juan Luis Martínez es, en este sentido, prístino. Los opuestos que hacen posible nuestra ya vieja y resquebrajada Weltanschauung occidental terminan dando paso a esa apretada masa oscura del primer texto de la serie, a un paisaje sin lenguajes ( ) lleno de imágenes latentes que sólo podrían ser reveladas mediante uso de la violencia. De algún modo, la segunda mitad de la serie de textos (desde el febril poema a Mary
El fragmento de Particular egocéntrico y la luna –Reescritura de The Outsider de H. P. Lovecraft que Marcos Arcaya (
Marcela Saldaño (Santiago, 1981), en
Un habitante bajo el absoluto peso de su imposible definición y origen es lo que Óscar Saavedra Villarroel (Santiago, 1977) presenta en los fragmentos del extenso libro que prepara: doping histórico. La absoluta heterogeneidad de este sujeto, decididamente caracterizado desde la conjunción de dolor y deseo que conforma la historia de Latinoamérica, lo conduce a un lenguaje poético de una musicalidad febril, que es capaz de plantearse el propio vértigo como camino de definición de sí en el puro fluir histórico de una conciencia histórica, y no en una imposible fijeza del ser. Este camino supone un deber ético y político, pero cuya expresión va a estar marcada por la paradoja: la imposible construcción colectiva y el abandono tan sólo animan la mera existencia individual en su más corporal ser (Y denuncia a tus óvulos, / A tu parto, / A tu origen, / A tu Ethos maldito). La vindicación del individuo ante una historia inclemente hace a esta escritura una de las últimas posibilidades de una literatura política en una época de doctrinas vaciadas, y en este sentido Saavedra estaría entrando en la línea de fuego ya pisada por poetas como Jaime Pinos o David Bustos en la difícil conformación de un nuevo ethos literario y una rearticulación de la relación del artista con su entorno social.
Anomalías es, entonces, una buena noticia. Como confirmación sólida de las manos estrechadas entre las jóvenes producciones poéticas peruana y chilena, esperemos que ayuden a conformar un solo ámbito literario, capaz de traspasar la ilusión vacía de que Santiago o Lima son capitales culturales autosuficientes. Se saluda a Editorial Zignos, y a los amigos poetas por esta buena noticia.


Passo os olhos pela seção goiana de minha biblioteca e a visão da obra de um anjo desafinado, desses que vivem na sombra, a desafinar no coro dos contentes, despertou-me a saudade do poeta e amigo Tagore Biram, que morreu em Thomé, terra chilena, no exílio que se impôs, ou que a ele foi imposto pela permanente insegurança, aflições, angústias e conflitos com que viveu, no berço que lhe foi avaro e hostil. Tomo de empréstimo o título deste livro, "O anjo desafinado", com que o grande poeta goiano conquistou o Prêmio Cora Coralina, em 1987.


La verdad es que mi forma de relacionarme con los lugares no es exactamente la del patiperro. El “patiperro” chileno implica una forma de recorrer el mundo sacando las mayores ventajas posibles y haciendo cualquier cosa por aprovecharse; y ésa no es mi mentalidad. Si bien mi crianza en Concepción tiene mucho de accidente, visto en perspectiva, mi relación con Valparaíso y Santiago, por ejemplo, no es la del que pasa “a lo patiperro”, sino la del que inventa una raíz con el suelo, en caso que no la tenga: eso es parte de cierta disciplina de ánimo, consustancial con el trabajo literario honesto. El trabajo literario honesto no está de moda, y en eso uno queda demodé, pero eso es preferible a, por ejemplo, esos provocadores de bajo calibre que quieren ser aplaudidos con gestos de quiltro. Como cuando el quiltro en la noche ladra a la gente que se cruza con uno, para quedar bien; cuando en realidad da risa. Aunque hay a quien le gustan los quiltros, especialmente cuando ensucian el suelo que pisan.
Dentro de una “antología personal” de ese sentimiento, no dudaría en incluir Un catálogo de todo lo que hay, de María Paz Levinson (Ed. Gog y Magog, Buenos Aires, 2006). La anécdota no duda en proliferar, sin la menor intención de trascender su limitada manifestación de experiencia simple, aun circunscribiéndose a un espacio específico: el balneario costero. Este espacio privilegiado en la creación contemporánea para la contemplación vacía del spleen –desde que el incesante espectáculo de la ciudad ha generado su propio stock de emociones sucedáneas que no conocen de pausa o detención- aparece en el poemario como un lugar absolutamente ajeno, apoyándose esto con una suerte de recurso de inercia, que parece hacer derivar a la percepción de forma inmotivada e involuntaria. El tono, por ello, tiende a alienarse hasta niveles extremos: el resto de los veraneantes son claramente otros objetos en el campo visual, vistos ya sin el menor signo de simpatía o compasión –como en uno de los últimos textos del poemario que, a fuerza de musicalidad vacía y inercia, hace a personas y objetos formar parte de un mismo amasijo de realidad:
ves en tu cabeza niños bronceados
hiperexcitados por la energía del mar,
la playa, la madre tomando sol y luego
acarreando bolsos, termos, cremas, lonas
Éste es uno de los secretos de la poética de Levinson: la limitación de lo que existe más allá a una mera objetualidad, que no puede menos que marginar toda posibilidad de apasionamiento lírico. Esto, sumado a la proliferación de la anécdota, produce un “efecto narrativo” que tan sólo la trabajada intimidad –a través de la segunda persona en apelación constante, la indicación persistente de una reflexividad cuotidiana, el cuidado trabajo del ritmo que logra detener cualquier tipo de desarrollo que trasciende la sencillez de lo registrado y registrable-, esa intimidad de poderoso tono evocativo, trasladando lo sucedido hacia un pasado indeterminado, puede hacer resplandecer como un poderoso registro poético, que sabe cuidarse de la falsa ingenuidad para otorgarnos una muy especial “inocencia de segundo grado”. Inocencia que no lo es, y que representa una de las características más interesantes de las nuevas promociones literarias argentinas –pienso en Gambarotta o Cucurto, aunque se puede decir que es una característica generacional-: la elección decidida del habla común para generar el texto poético, entendiendo con esto las profundas consecuencias sobre la concepción del poema como una suerte de producto elaborado, definitivamente ya de espaldas a las nociones trascendentales que, al menos en Chile, siguen apareciendo casi como tics inconscientes.
En este último sentido, el aprendizaje profundo de la contemplación en el libro de Levinson puede no ser completamente negativo. Es posible que encubra un descubrimiento análogo y contrapuesto a la experiencia mística: la conciencia de una lejanía irresoluble con respecto a la cerrada materialidad del mundo y el indiferente fluir del tiempo. El último texto unitario del libro -pensás / cómo hacen para reconstruir todo antes del verano?-, en su irónica apreciación del vacío spleen de los balnearios en invierno –precisamente cuando no están preparados para acoger la situación del veraneo-, confirma la sospecha que se vierte como una carga al lector del breve poemario: que en la inconsciente búsqueda de autorreconocimiento y situación que traspasa a la voluntad poética, puede llegarse, merced a un cierto viento, según el día o el mes, a la certeza de la propia limitación como meros transeúntes de experiencias. Y la sensación de que tras toda temporada encontramos el mismo paso del tiempo, y que nuestra percepción capta, al final de cuentas, todo lo que hay –exactamente como esa fotografía de los balnearios, puro recuerdo sin arte-, deja ver la profunda inquietud tras la obra de Levinson como un problema de lucidez: estar más o menos despiertos y conscientes de lo que se nos va al paso de la experiencia, la precisa decepción detrás de la palabra temporada.
(Un catálogo de todo lo que hay, María Paz Levinson, Ed. Gog y Magog, Buenos Aires, Argentina.)
Estimados,


Después de tanto tiempo, cae como inevitable el asociar el poema al dibujo de los signos sobre el papel. Se olvida demasiado seguido la función primordial del poema como canto, que más allá del hipertrabajo y elaboración de un Pound y la siempre sorpresiva vitalidad de las cancioncillas de radio, resuena más bien en la natural acción de lectura y la sutil inflexión –ésa que aun comporta efectos de sentido, y que otorga a la escucha de los poemas un placer propio. Pienso, por ejemplo, en el esfuerzo de iniciativas como Voz viva de México, la colección del registro de los más importantes poetas del país azteca hecha por el Departamento de Literatura de
Por eso, que dentro de una escena literaria de un aggiornamiento tan pobre e irreflexivo como la chilena, aparezca la serie de CDs de Ediciones Alquimia –Trabajos de luz sobre agua, de Ernesto González Barnett, Cocaví, de Marcelo Guajardo Thomas, y En la escuela, de Martin Gubbins y Tomás Varas-, representa una ocasión digna de marcar dentro de las buenas noticias del inicio del año, más aun al tomar a cargo registros poéticos de un atrevimiento expresivo de plena actualidad y, es más, de plena situación.
La situación del escritor en cuanto tal y la toma de conciencia de lo que significa el oficio poético (que guarda en sí algo misteriosamente más allá que el mero acto de la escritura) es el tema alrededor del cual gira Trabajos de luz sobre agua, de Ernesto González Barnett (Temuco, 1978). El heroísmo melancólico de un hablante inhábil de definir sin imágenes un destino misterioso que lo obliga a responder la extrema violencia de la vocación poética, remite a esa conciencia crítica angustiosa que Enrique Lihn y Gonzalo Millán dejaron marcada para una generación entera de autores criados bajo la violencia brutal de los militares. Esta decepcionada conciencia generacional es patente (“Golpeamos demasiado fuerte / la mesa, / y ahora pagamos las consecuencias”), y llega, quizá, a un punto álgido en el poema “Zurita”, que presenta agriamente las continuidades y diferencias entre dos posibilidades de definir la noción del país como ámbito poético, diferenciadas por una Transición, que está, de algún modo, problematizada en el seno de la poética de González. Si en el sentido de su pretensión generacional, en la atrevida postura poética y en la angustia escritural, uno no puede sino reconocer una palpable rehabilitación del hablante lírico romántico, la situación y contingencia del trabajo de González, mediada por un uso violentamente preciso del sonido, logra dar una visión del oficio poético que no necesita del patetismo olímpico (de raigambre mucho más propiamente romántica) que, paradojalmente, parece instalarse a sus anchas en la escritura de la que se da en llamar promoción novísima. [Para escuchar: El tallador de crucifijos]
La fragmentariedad de la experiencia en una poética absolutamente situada es lo que se deja escuchar en Cocaví, de Marcelo Guajardo Thomas, que reúne varias líneas de trabajo en desarrollo del autor. La duda sobre la capacidad de trascendencia del discurso poético se resuelve acá en el absoluto abandono a una escritura escéptica cuyo fundamento es la patencia absolutamente violenta del texto en cuanto tal. De hecho, es posible ver el amplio mundo que se deja reflejar en Cocaví como una suerte de restos –de cosas y humanos apenas liberados de la condición de cosas-, que han sobrevivido a una suerte de cataclismo simbólico. El espacio privilegiado será naturalmente, la mercancía despojada de valor en el mercado persa, la sociedad latinoamericana devuelta como expresión de la más pura impotencia (Papiones) y el lenguaje mismo despojado de significado bajo la corrupción de la época (Las tristes mujeres calvas de Chile). La precariedad de la poética para dar una visión integral del mundo, expresada en un modo narrativo que puede llegar a la más absoluta enajenación descriptiva, se complementa con trabajos de una notoria limpidez expresiva (5 Comarcas), en que a través de la reescritura de textos de acupuntura china parece recrearse la nostalgia de una escritura que pudiese dar cuenta del mundo en una realidad presente, y no en catálogo. La falta absoluta de compromisos con un lector complaciente o con los gestos de las poéticas al uso, deja ver un trabajo de largo aliento en la construcción de una obra de presencia definida y cuya misma dificultad es garantía de una avanzada conciencia de texto, absoluta resistencia a un mundo literario emergente ansioso de gestualidad. [Para escuchar: Persa].
Un carácter absolutamente más extremo se puede ver en En
Por más que esfuerzos como los de Alquimia Ediciones resulten en pequeños tirajes y no aspiren a las grandes plataformas de comunicación, la publicación de estos tres CD –artesanal y silenciosa- debería ser pensada desde lo que en algún momento representarán los actuales tiempos para la poesía chilena: una prueba de fuego. En las tareas necesarias de asumir el límite expresivo del lenguaje poético en un mundo de espaldas a la palabra, de afirmar desde la crítica más contundente al mismo registro literario a la poesía como pretensión de totalidad, y de buscar la escritura que pudiese acoger de nuevo las aspiraciones sociales más relevantes en un país y una época en crisis permanente, la apuesta de Alquimia Ediciones está desde ya –discreta y tranquilamente- ganada.